Las bajas coberturas de vacunación, principalmente contra el sarampión, siguen manteniendo en alerta a las autoridades sanitarias hondureñas. La preocupación crece tras detectar un caso autóctono de la enfermedad en Roatán, Islas de la Bahía.
A pesar de los esfuerzos impulsados desde el nivel central, las coberturas contra esta enfermedad siguen estando bajas o al límite crítico necesario para garantizar la “inmunidad colectiva” (o de rebaño) y evitar un brote masivo dentro del país.
Esto obligó a extender la Jornada Nacional de Vacunación, que tenía como meta inmunizar a 2.5 millones de personas y a mantener una estricta vigilancia en fronteras, intensificada por el flujo de viajeros debido al Mundial de Fútbol 2026 que se celebra en México, Canadá y los Estados Unidos, países en los que se reportan brotes de la enfermedad.
Aunque toda acción proveniente de las autoridades del sistema sanitario nacional sea aplaudible, lo que más importa en este momento es que la población, principalmente los padres de familia, tomen conciencia de la gravedad de la situación sanitaria y de la importancia vital de las vacunas para proteger a los más indefensos: los niños. Cualquier temor alrededor de las vacunas debe ser desechado.
El ejemplo tangible es que, gracias a la vacunación, se logró erradicar por completo de la Tierra el virus de la viruela, que antes de la vacuna mataba a millones de personas y desfiguraba a los sobrevivientes. En América, las vacunas frenaron, entre otras enfermedades, al poliovirus salvaje que provocaba parálisis irreversible en niños, y al de la rubéola y el síndrome de rubéola congénita, causantes de malformaciones cardíacas, ceguera o sordera en recién nacidos.
Está probado que las vacunas no matan; al contrario, son generadoras de vida. De ahí que el llamado siga siendo contundente: acudir a los centros asistenciales para aplicar la vacuna SRP (sarampión, rubéola y parotiditis), especialmente a los niños, quienes corren el mayor riesgo.