Sí, injustificable ha sido lo sucedido el jueves en un bus de la ruta urbana de la ciudad mártir de Choloma, donde dos agentes de la Policía Nacional asignados a la Dirección Nacional de Vialidad y Transporte (DNVT) lanzaron una bomba lacrimógena en el interior de un bus en el que se transportaban trabajadores de una maquila, el que minutos antes pararon para solicitarle al motorista de la unidad, de manera prepotente, los documentos y el permiso de circulación durante estos días de pandemia.
La brutalidad con que actuaron los agentes policiales quedó grabada en videos que hicieron los mismos trabajadores con sus teléfonos móviles, en los que claramente se ve el abuso de autoridad cometido por los agentes policiales que se supone están investidos de autoridad para garantizar la vida y los bienes de las personas.
Lo sucedido es aterrador, más cuando saltan los recuerdos de los millones de lempiras invertidos en los últimos años en un proceso de depuración de las fuerzas policiales, que tenía como propósito educar a sus nuevos miembros en los valores fundamentales como el respeto a la vida y la dignidad humana, la honradez, la honestidad, el respeto integral de los derechos humanos y entregar a la ciudadanía un cuerpo profesional en el cual confiar.
Objetivos que, a la luz de lo actuado por los agentes involucrados en los sucesos de Choloma y otros registrados en otros tiempos y lugares del país, no se han cumplido.
Lo sucedido en Choloma enciende las alarmas para demandar que ese proceso millonario de la depuración se profundice. Es importante que los agentes involucrados en este deleznable hecho estén siendo investigados y se les apliquen los correctivos que las mismas leyes establecen, pero se debe ir más allá, trabajar en entregar a la sociedad una Policía eficiente, fuerte, honesta, decente, pero, sobre todo, respetuosa de los derechos humanos de los ciudadanos, sin distingos de ningún tipo. Una aspiración válida, aún en tiempos de pandemia.