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Vacuna rusa y pensamiento único

El mundo pudo celebrar que alguien desarrollara una vacuna contra el maldito coronavirus que -hasta ahora- ha matado a más de 750 mil personas, contagiado a más de 20 millones y nos amenaza a todos; pero la crearon los rusos, y el tema se volvió ideológico, político, y casi olvidaron el descomunal negocio que puede sacudir.

Lo primero fue buscar en qué se equivocaron los rusos, y un discurso unánime de Estados Unidos y Europa -sede de las principales y acaparadoras farmacéuticas del mundo- cuestionó que Rusia se saltó el último paso: probar la vacuna en miles de personas, de diferentes edades y lugares, para observar la reacción.

Pero todos los días la gente consume miles de productos sin saber si los probaron o no, fabricados por unas veinticinco farmacéuticas internacionales que controlan la mitad del comercio del planeta, incluso aplastando laboratorios locales, que podrían cubrir la demanda esencial de cada país, si los derechos de patentes y exclusividad no fueran tan voraces.

Las multinacionales ponen congresistas, senadores, presidentes, ministros de Salud, lo que falte, para acomodar leyes y beneficios. Su dinero alcanza para financiar a la FDA, la oficina que regula los medicamentos en Estados Unidos; a la EMA, reguladora en Europa; y a la misma OMS, a través de GAVI, la organización que reparte la vacunación mundial entre las grandes farmacéuticas. También suena por ahí el nombre de Bill Gates.

Algo de esto cuenta el escritor británico John Le Carré en su novela “El jardinero fiel”, que también hicieron película; se basa en documentos verdaderos sobre una farmacéutica inglesa, que en complicidad con los gobiernos, hace pruebas ilegales y peligrosas en niños de Kenia, para desarrollar un medicamento contra la tuberculosis, con crímenes, abusos y sobornos como fondo.

Y es que las ganancias son mareantes, el puñado de farmacéuticas que controlan el mercado ganan más que el negocio de armas y telecomunicaciones; un estimado dice que por cada dólar invertido, consiguen 19; es que apenas dedican un 15% a la investigación, casi todo se descubre en laboratorios gubernamentales, financiados con dinero público.

Desde los años 80 se fortaleció la globalización, y con ella un discurso unificado, el “pensamiento único” que protege el capitalismo feroz, las grandes firmas mundiales, las “democracias” occidentales que reducen el Estado a una simple oficina de trámites. Lo que dicen los dueños del mundo lo repiten todos sin apenas pensar; si la vacuna fuera inglesa, gringa o francesa: aplausos, ventas; si es china o rusa: dudas, condena.

Lo cierto es que para los que ya perdieron a un familiar por coronavirus o para un paciente que hoy está en una sala de UCI, poco importa de dónde viene la vacuna o la cura, o si le falta un protocolo de aprobación, la querrían como fuera, porque morirán más personas hoy y mañana, porque es una emergencia.