Iterar. Volver a hacer lo que se había hecho. Repetir algo hasta lograr hacerlo bien. Así aprendimos a caminar, después de reiterar pasos y caídas, superando temores e inseguridades, y así logramos hablar, iniciando con ruidos y balbuceos hasta construir sílabas, combinarlas y asignarles significados.
Escribir tuvo un proceso similar. ¿Recuerda usted cuando le enseñaron a tomar entre los dedos el lápiz y dibujar rayas, círculos, espirales, picos, grecas? Todas esas acciones precedieron los trazos inteligibles con los que pudo plasmar su nombre de pila por primera vez, con letras irregulares que sacaron lágrimas de emoción a su madre o padre. Igual pasó con las operaciones aritméticas básicas, la progresión hacia complejos cálculos algebraicos, fórmulas cada vez más difíciles, esenciales para resolver problemas de física, química y otras ciencias.
Construir nuestra institucionalidad republicana y democrática ha tenido un proceso similar. Mal acostumbrados al vacío de gobiernos militares, en los que no había poder legislativo constituido -aunque sí ejecutivo y judicial- además de perder el hábito de votar se perdió la práctica del diálogo político y la construcción de acuerdos parlamentarios. Con el retorno a los ejercicios electorales a inicios de la década de los ochenta, la población volvió a sufragar y elegir representantes. Cada cuatro años lo ha venido haciendo, reiterando su vocación democrática con rigor periódico y buen juicio, aun y cuando se quiera sugerir lo contrario. Excluyendo la elección de la Asamblea Nacional Constituyente el 20 de abril de 1980, los hondureños han participado en doce ocasiones en elecciones generales, incluyendo la última del 30 de noviembre recién pasado. Cuarenta y cinco años, determinando los ocupantes de silla presidencial y designados, así como a los titulares de las curules o escaños (no incluimos gobiernos municipales pues el voto directo para el nivel local recién ocurre con papeleta separada desde hace ocho convocatorias electorales).
A esa docena de repeticiones del sufragio posteriores al de 1980 debe sumarse la decena de elecciones primarias e internas que inician en 1989 (luego de aquella crisis de 1985), por lo que en total -si se suma la constituyente- hemos acudido a 23 convocatorias electorales. Si se toma en cuenta que desde 1993 hay voto separado en papeleta única y desde 1997 voto separado en papeletas separadas, se podría decir que hubo “dos elecciones en una en 1993” y “tres elecciones en una desde 1997”, con lo cual se pueden agregar “17 elecciones” a las 23 y llegamos a contabilizar 40 decisiones colectivas de autoridades en distintos niveles. Han sido suficientes y bastantes oportunidades para que la ciudadanía haya perfeccionado su forma de razonar, elegir y votar.
No obstante, a pesar de esa experiencia ganada, la organización y desarrollo de elecciones, cuarenta y cinco años después, arrastran vicios históricos y todavía dejan mucho que desear. (continuará)
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