Una agenda ineludible

Ni el trabajo del Congreso Nacional y mucho menos la organización y jurisdiccionalidad de las elecciones primarias y generales, pueden ejecutarse como hasta hace poco

  • Actualizado: 06 de febrero de 2026 a las 00:00

El anuncio que hiciera la renovada dirección del Congreso Nacional y los liderazgos de las fracciones partidarias sobre la adopción de una “agenda legislativa” -que incluirá reformas político-electorales- es esperanzador. Después de cuatro años en los que la Cámara cayó en la inoperancia debido al bloqueo entre una torpe titularidad ilegítima y una díscola asamblea parlamentaria, la organización del trabajo no tiene otra opción que orientarse a la reforma interna y nuevos procesos que permitan el logro de resultados demandados por la ciudadanía y el cumplimiento de sus propias promesas. Si la nueva administración del Poder Legislativo y las bancadas no modifican de verdad las formas y esencia del trabajo en el hemiciclo (y fuera de él), apenas se obtendrá un discreto legado, similar o ligeramente mejor al obtenido en los diez cuatrienios previos al de 2022-2026, que consolidará la desconfianza de la población del país en ese poder del Estado.

¿Cómo llegó la asamblea de representantes a esta situación? Hay muchas razones del descalabro, pero la principal es la desnaturalización, autoritarismo y desorden en su funcionamiento. El viejo Reglamento Interior y ahora la Ley Orgánica otorgan a quien preside el pleno de diputados poderes omnímodos, sobre variados aspectos del quehacer institucional que impiden la rendición de cuentas, así como el trabajo plural y coordinado. Estructuras esenciales como las comisiones ordinarias y las especiales que se crean, así como la asesoría especializada que provee la Gerencia Legislativa y el Centro de Investigación y Estudios Legislativos (CIEL), no cumplen su función por el mal hábito de abusar del pleno y llevar a su seno toda discusión y debate, aunque solo se trate de la posición de una coma o un punto en un párrafo (propias de una comisión de estilo). Un experto extranjero se extrañó hace varios años cuando le dije que nuestros congresistas acudían tres días a sesiones (martes, miércoles y jueves) sin conocer el orden del día, mucho menos el contenido de las leyes que deberían discutir o votar durante la jornada. En otras latitudes, los temas están programados con mucha antelación y su discusión detallada se hace en las comisiones: es ahí donde se quita, pone y se confrontan ideas y posturas, reservándose al pleno las votaciones consensuadas o no y más de algún intercambio -choque o coincidencias- de relevancia política. Que no haya claridad sobre temas básicos como quórum de presencia o votación, el rol de suplentes y a quienes pueden sustituir, la ratificación o no de actas y los alcances de una corrección de estilo y “fe de erratas”, solo retratan la debilidad y precariedad de nuestro parlamento.

Ni el trabajo del Congreso Nacional y mucho menos la organización y jurisdiccionalidad de las elecciones primarias y generales, pueden ejecutarse como hasta hace poco. Ya se sabe que hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes, es señal de locura, y -en estos casos- irresponsable y suicida.

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