En 1978, en plena Guerra Fría, Aleksandr Solzhenitsyn pronunció en Harvard un discurso que incomodó a muchos de sus oyentes. No llegó a celebrar la superioridad moral de Occidente frente al comunismo soviético. Llegó a advertir que una civilización puede conservar libertades, leyes, universidades, prensa y prosperidad, y aun así debilitarse si pierde coraje moral, sentido de verdad y responsabilidad.
Solzhenitsyn sabía de qué hablaba. Fue escritor ruso, sobreviviente de los campos de trabajosoviéticos, Premio Nobel de Literatura y una de las voces más poderosas contra el totalitarismo del siglo XX. Su obra denunció la opresión, la mentira institucionalizada y el poder del Estado cuando pretende dominar la conciencia humana. Pero en Harvard su mensaje fue más complejo: el peligro también podía estar en las sociedades libres cuando se acostumbran al legalismo vacío, a la comodidad y a la pérdida de responsabilidad pública.
Esa advertencia permite mirar a Honduras desde una perspectiva menos partidaria y más cívica.Nuestro país no vive la Guerra Fría de 1978, pero sí experimenta una división profunda. A primera vista, parece una división entre partidos, ideologías, medios, militancias digitales y grupos de poder. Sin embargo, debajo hay una fractura más grave: la pérdida de confianza en la verdad, en la ley, en las instituciones y en la posibilidad de construir un proyecto común de nación.
Honduras no necesita una nueva fe partidaria que sustituya a la anterior. Necesita unarecomposición cívica activa, apegada a la ley, fundada en la verdad pública, la responsabilidadciudadana y la defensa del bien común. No se trata de servir a un partido, a un caudillo, a una consigna ni a un interés económico. Se trata de recuperar el sentido de ciudadanía como deber compartido frente al deterioro institucional y moral del país.
Uno de los mayores riesgos nacionales es confundir legalidad con legitimidad. Solzhenitsyn advertía contra reducir la vida moral a lo permitido por la ley. En Honduras se invocan procedimientos, actas, resoluciones y formalidades. Pero cuando la ley se usa como cobertura de arbitrariedades o blindaje deimpunidad, deja de ser garantía y se convierte en lenguaje de poder.
Por eso, el apego a la ley no debe entenderse como obediencia pasiva a cualquier formalidad. Debe significar defensa del Estado de derecho, exigencia de instituciones imparciales, respeto a los procedimientos legítimos y rechazo a toda salida de fuerza, revancha o manipulación. Una ciudadanía madura no desprecia la ley; la rescata de quienes la usan selectivamente.
Otro problema central es la sustitución de los hechos por relatos de bando. En una sociedadpolarizada, la verdad se acepta o se rechaza según a quién favorece. Si el hecho perjudica aladversario, se amplifica; si compromete a los propios, se relativiza. Así, la corrupción, el abuso o la arbitrariedad dejan de juzgarse por su naturaleza y pasan a evaluarse por conveniencia partidaria.
Sin hechos compartidos, no hay debate público, sino trincheras emocionales. La recomposición cívica también exige coraje. Muchas personas saben lo que está mal, pero callanpor miedo, cálculo, dependencia laboral, afinidad partidaria o cansancio. Se critica en privado lo que no se sostiene en público. Se condena la corrupción ajena mientras se excusa la propia. Se exige institucionalidad al adversario, pero se tolera la discrecionalidad cuando beneficia al propio grupo.
Ese doble estándar es una enfermedad dañina. Honduras no se reconstruirá con ciudadanos quesolo defienden principios cuando les conviene. Se reconstruirá con personas, gremios, profesionales, iglesias, universidades, medios, empresarios y organizaciones sociales capaces de decir la verdad aun cuando incomode a su propio entorno.
La recomposición cívica activa no significa agitación irresponsable ni confrontación permanente. Significa vigilancia ciudadana, participación informada, uso de los mecanismos legales, exigencia respetuosa pero firme, defensa de la transparencia y rechazo a la mentira pública. Significa pasar de laqueja resignada al compromiso organizado.
La frase “así es Honduras” debe dejar de ser una coartada para la rendición moral. El país no estácondenado a vivir entre impunidad, improvisación, clientelismo y desconfianza. Pero tampoco saldrá de allí por simple alternancia electoral. Cambiar nombres, colores o consignas no basta si se conserva la misma cultura de captura institucional y fanatismo.