Columnistas

Las personas triunfadoras son “tenazmente tolerantes a la crítica constructiva”, para ello, deben cultivar la capacidad para desarrollar el sentido de los valores, con el fin de poder identificar la crítica sana de los aguijonazos ponzoñosos. Las iglesias son parte de la formación de principios y valores morales, pero el Estado, con la formación de marcos jurídicos y su permanente vigilancia por que estos sean cumplidos, contribuye a la formación de dichos valores. Los conductores de un país están doblemente obligados a adoptar hábitos que le permitan ser eso, “tenazmente tolerantes” y a tener la capacidad de distinguir entre aquella crítica que es destructiva, maliciosa, malintencionada, pistera o perversa, de aquella otra que es seria, bien fundamentada, veraz, constructiva, honesta, y sobre todo, patriótica. Llena está la historia de líderes o seudolíderes que por carecer de esta característica esencial se empecinaron ciegamente en imponer decisiones que embrocaron a sus ejércitos, sus gobiernos, flotas de guerra o empresas industriales a los más desastrosas derrotas, o bien, las más catastróficas pérdidas de bienes y vidas; todo lo anterior, por haberse negado a escuchar las advertencias de subalternos o de observadores independientes que advirtieron sobre la urgencia de modificar estrategias o corregir rumbos para evitar tragedias. Ejemplos: Hitler y su humillante derrota en Rusia por invadirla en crudo invierno; el tanquero Exxon Valdez en Alaska y el derrame de toneladas de petróleo al estrellarse en los arrecifes; ambas catástrofes advertidas con tiempo, sin embargo, desoídas por la soberbia de los mandamases. Honduras está en crisis, demanda la intervención de los mejores talentos nacionales y, donde sea necesario, el aporte extranjero de ideas salvadoras, respetuosas de los intereses nacionales y no como ocurre frecuentemente, por la intromisión de “Caballeros de industria extranjeros”, que como buitres carroñeros, buscan entre los despojos de un país las oportunidades para alcanzar sus propias utilidades y beneficios, usualmente, con la protección entreguista de funcionarios cuyo sentido de hondureñidad se limita al color de su pasaporte y a la portación de un nuevo Documento de Identificación Nacional. Nadie en sus cabales puede desconocer o minimizar la magnitud de nuestra tragedia. Todos sabemos que es difícil enfrentar los retos en el campo de la salud, de una economía maltrecha, de una producción agrícola golpeada, de una debilidad en los precios internacionales de nuestras materias primas, pero, aquí es donde se mide la capacidad y patriotismo de los buenos gobernantes.

En la desesperación de este gobierno, la tolerancia a la crítica no tiene espacio; hoy, los que nos oponemos a las oprobiosas ZEDE, según ellos, estamos a favor del hambre de “niños, ancianos y mujeres embarazadas”. Estamos a favor del desempleo y, por supuesto, de las maravillas que esos parajes mágicos, de leche y miel, prometen para salvación de Honduras.

Basta ya de tanta farsa.