Las personas, como las naciones, reflejan en todos sus actos y logros el grado que han logrado alcanzar en el cultivo de sus propios valores; valores morales, cívicos, religiosos y otros que regulan el comportamiento de todos los seres humanos, y que van perfilando gradual y progresivamente su calidad humana.
Cuando todos nacemos, nuestra página está en blanco. Son los padres los que, desde las primeras horas de vida, van imprimiendo en la conciencia del niño, su entendimiento sobre lo que es bueno y lo que es malo, sobre lo permitido y lo prohibido, sobre lo bello y lo feo, lo honesto y lo deshonesto, lo leal y desleal; lo solidario y lo insensible. Seguidamente, en su proceso de formación académica, donde se va perfilando su personalidad profesional o su oficio, la escuela y sus maestros juegan un papel vital; en la adolescencia se acentúa la influencia del factor social, la familia, el barrio, el colegio, la comunidad ampliada, la autoridad constituida y todos los demás elementos que ejercen influencia sobre su diario quehacer.
El permanente cultivo de valores determinará también el grado de éxito que este niño, convertido en un joven ciudadano y luego en adulto y en venerable anciano, alcanzará en el transcurso de su vida. Ese permanente cultivo de valores, dijimos, determinará la calidad humana y esta, a su vez, el grado de éxito personal; éxito que se calificará no necesariamente por los logros materiales que de manera natural vendrán, no por la marca de su reloj, ni el año, marca y número de vehículos que posea, ni la colonia residencial en que viva, mucho menos en el número de viajes que pueda realizar al año a Disneylandia. No, el éxito en la vida se medirá principalmente por la simpatía que haya podido despertar entre todas las personas que lo rodean; el respeto y la confianza; el deseo de emulación, más que de envidia, que sin sentirlo provocará entre sus hijos, sus parientes, sus vecinos y sus conciudadanos. Esta imagen de persona superior, luego se transformará en liderazgo genuino, trascendente y creador. Será un liderazgo por actitudes, por comportamiento, no será de ninguna manera un “liderazgo” nacido del oportunismo, del terror, o del servilismo de los seguidores, no será tampoco un liderazgo por compra de estómagos o conciencias. Será un liderazgo sólido, nacido del afecto y la admiración, un liderazgo que trascenderá incluso al mismo ciclo de vida de ese líder verdadero, no cosmético, no artificial. Será entonces la suma de ese éxito personal de cada uno de los habitantes, pero, sobre todo, de sus líderes genuinos, no aquellos de paja, los que moldearán el desarrollo integral de los pueblos. Esos líderes calificados sabrán administrar todos los recursos humanos necesarios para llevar al pueblo a niveles superiores de desarrollo humano. Líderes conscientes de su responsabilidad de convertirse en fieles guardianes y en custodios de los anhelos de todo un pueblo. No hay pérdida, entonces, cuando calificamos el grado de desarrollo o de atraso y pobreza de un país. Si este cae bajo los niveles en una región o en el mundo, no es al pueblo a quien debemos juzgar y acusar de pusilánime o de falto de ambición o haragán. Son los pseudolíderes los culpables aquellos que han fracasado en el cultivo de sus propios valores, y por eso, inevitablemente, también fracasan en su atrevimiento de conducir a sus pueblos hacia posiciones respetadas y admiradas por propios y extraños. ¿Y en Honduras qué, dónde están escondidos esos líderes providenciales?; ayúdennos a encontrarlos.