Semana Santa: tradiciones en familia

Antes que ríos, balnearios o playas terminaran por congregar más personas que servicios religiosos, fueron las abuelas las que dominaron la agenda

  • Actualizado: 27 de marzo de 2026 a las 00:00

Conversando con amistades, he descubierto que nuestros recuerdos infantiles de las semanas santas son, con algunas excepciones notables, muy parecidos. Si había viajes de por medio, podrán diferir en destinos y gustos, pero no en su esencia: siendo la única época festiva de la temporada, era una oportunidad para compartir en familia y hacer un intercambio generacional de tradiciones y costumbres.

Antes que ríos, balnearios o playas terminaran por congregar más personas que servicios religiosos, fueron las abuelas las que dominaron la agenda. En mi entorno, ambas abuelas
- María Luisa y Paula Valentina- fueron mujeres de rezos, procesión y mantilla negra. Devotas por convicción, atendían el llamado de las campanas a las liturgias, sin perder detalle de las misas, fueran estas en latín o en castellano. En medio de todo, jamás fallaron a los deberes hogareños, incrementados por las circunstancias en número de bocas como en complejidad. Nietos de distintas edades y gustos esperábamos “religiosamiente” aquel sopón que las matronas preparaban aprovechando el ayuno de carne, versión amorosa de la multiplicación de los panes y pescados para una multitud bulliciosa de comensales. La herencia culinaria inspirada en las convicciones religiosas se complementaba con otra también antigua y sincrética, reservada para la sobremesa y compuesta por ayote, dulce de caña y canela, a la que se agregaba una bebida simple de maíz aromatizada con finas especias (chilate).

De la mano de ellas y también de los abuelos, acudimos a aburridas y acompasadas procesiones con figuras sagradas, vestidas con sus mejores galas y llevadas en hombros por cofradías con rigurosa gala. Pequeños de estatura, era muy poco lo que podíamos apreciar, a menos que un adulto nos alzara. De hito en hito, en medio de olores de flores, sudor y lociones de ocasión, se fue organizando un mosaico de memorias que no tuvieron mayor sentido hasta que crecimos un poco e hicimos asociaciones con los textos sagrados (no todas conformes, como pudimos comprobar oportunamente).

En algún momento -que hoy es difícil datar- se incluyeron en el menú de las fiestas movibles las idas al cine para ver las películas “de temporada”. Recuerdo varias veces haber hecho fila con mis padres y hermanos para ver filmes sobre conversiones de antiguos verdugos a la nueva fe e historias selectas del libro sagrado, que constituían un divertimento peculiar, pues ya se conocían los argumentos y tragedias de los protagonistas. Curiosamente, compartían cartelera personajes como Cleopatra y Espartaco, sin nexo alguno excepto por la presencia de romanos en sus guiones. Este hábito pasó luego a la tele y sobrevive hasta hoy en “plataformas de streaming”, cual verdadera tradición de temporada.

Con el paso de los años, permanece el buen hábito de compartir en familia e intercambiar tradiciones y costumbres. Estas son hoy, sin duda, las más importantes: son herencia viva del pasado y serán caro e invaluable legado para el futuro.

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