Columnistas

Rostros de angustia

Como si se tratara de un filme del director italiano Federico Fellini, hace algún tiempo me tomé la tarea de observar los rostros de unos ciudadanos que esperaban después de las 6:00 de la tarde transporte para llegar de sus trabajos a sus casas.

Aquella masa de personas tenía casi sin excepción un rostro de angustia y preocupación.

No había en ellos siquiera un talante de neutralidad ante la situación, mucho menos de alegría. No conversaban entre sí, y la lectura de sus cuerpos daba un mensaje de que desconfiaban de todo lo que había a su alrededor.

Por supuesto que el camino que va de sus centros laborales hasta sus habitaciones está atiborrado de potenciales peligros; en cualquier momento los podían despojar de sus pertenencias, de su libertad por unos minutos o en casos extremos, que en esta patria no es ninguna exageración, se puede perder incluso la vida.

Algunos de los dueños de estos rostros tal vez pensaban en el pago del alquiler, en la nueva alza de los precios de los productos en el mercado o en la pulpería, en que sus hijos estuvieran siguiendo buenos pasos e incluso en el miedo que les infunde alguna pareja.

Esos rostros no se parecían a los que aparecen en los comerciales de los productos y servicios que ofrecen la felicidad bajo el argumento de una posesión.

Recalco: definitivamente no eran rostros contentos. Me habría gustado saber qué angustiaba a cada uno para no hacer cavilaciones imprecisas, pero solo podía deducir que todo respondía al ambiente hostil que nos da la ciudad.

Quité mi vista de aquella enorme fila que al amparo de una escasa luz esperaba comenzar su ruta hacia el que quizás considera el lugar más seguro para estar: su casa; y comencé a ver a las personas que se desplazaban de un lugar a otro.

Todos caminaban en línea recta, sin ver a ningún sitio y muy rápido, casi se olía el miedo en los apresurados pasos, era una prisa por huir de aquel sitio.

Fue un cuadro que se me figuró tan distinto del que tenía en mis recuerdos de una ciudad centroamericana que había visitado hacía muy poco, en el que un grupo de jóvenes en el centro de la ciudad improvisaron un baile, sin la menor preocupación por la hora o la vuelta a casa, y nadie caminaba de prisa, todos iban a su ritmo.

¡Cómo deseé que fuera mi ciudad¡ ¡Cómo deseé que así fuera mi Honduras! Bajo estas condiciones vivimos, y las hemos normalizado, las hemos hecho parte de nuestra cotidianidad, el miedo nos gobierna.

A pesar de eso, de la angustia en la fila del taxi y del bus, a pesar del miedo y de la prisa, el país está lleno de ganadores.

O que alguien me niegue si no tiene una sensación de victoria cada vez que vuelve a casa sano y salvo, o alguno de sus familiares ha llegado; que alguien se atreva a negarme si no siente que es una victoria cada vez que logra llevar dinero a casa para sostener a su familia. Creo que nadie pide mucho, solo tranquilidad.