Mientras el mundo entero se acostumbra de nuevo a vivir sin mascarilla y retornar a sus malos hábitos de salud e higiene, viene bien hacer balance de todo lo aprendido en los últimos dos años y ocho meses de pandemia, siquiera para hacer catarsis y desahogarnos un poco.
Como suele ocurrir cuando ya se acerca el viernes y debo elaborar la contribución semanal para este espacio, comienzo a revisar las notas sonoras o escritas con ideas que guardo en mi teléfono portátil, que se tiene bien ganado el título de “inteligente” pues sin él quedaría desvalido.
En el archivo de notas de voz y escritas tengo 600 registros, pero si esa “estantería” digital no bastara, siempre queda el recurso de la inspiración espontánea que regala alguna musa desocupada uniendo a contrarios de formas impensadas, toa. Esta vez hicimos una “mélange”, pues rescatamos una de esas anotaciones escritas al vuelo y la trenzamos con las túnicas de Clío y de Talía, como podrán constatar mis caros lectores.
Antes del inicio de la virulencia “covidiana”, cedí a la tentación de investigar y escribir sobre la gripe de 1918, básicamente para entender un poco sobre lo que estábamos prontos a sufrir.
Llamada injustamente como “gripe española”, aquella influenza se cargó una cantidad inmensamente mayor a la de nuestra peste del siglo XXI, principalmente por la vacunación y el acceso a información para prevenirla (eso ya las diferencia un montón).
Nadie la llama “pandemia china”, “gripe del murciélago” o del pangolín, animal que muy pocos sabíamos que existía hasta que los medios se ensañaron en culparlo de la nueva “murriña”: imagínese usted la sinofobia exacerbada o la mortandad de esos animalitos de haber sido diferente, solo por considerárseles responsables de la calamidad de covid-19 (por cierto, en el lejano oriente siguen comiéndoles como manjares).
Después de haber visto en los inicios de 2020 reacciones como la de una mujer caucásica en un tren alejándose de turistas chinos y grotescas caricaturas que mostraban representaciones del virus con ojos rasgados, “caping” (el sombrero cónico asiático) y coleta, puedo valorar hoy positivamente que la denominación de la afección atendiera a lo políticamente correcto, siendo cada vez menos discriminatoria y mucho más científica.
Hemos aprendido en este tiempo que los japoneses y sus saludos, tapabocas y zapatos fuera de casa, tenían todo el sentido del mundo. Nuestros sistemas de salud fueron sometidos a prueba, del mismo modo que los liderazgos: no hubo lugar donde la ignorancia no fuera aprovechada por la demagogia pública o ciudadana para conspirar, corromper o mentir.
Los radicalismos hicieron de las redes sociales su caldo de cultivo, uniendo a contrarios de formas impensadas, todos invocando respeto a su libertad de creer o no creer en una enfermedad que cuando te pillaba le importaba un pepino tu opinión y solo era contrarrestada por anticuerpos, fortalecidos por una vacuna o la supervivencia de un previo contagio (y acá, taimada, se coló Melpómene, la musa de la tragedia). (continuará).