Polarización aquí, allá... y acullá

El mundo está fracturado. Hay guerras, confrontación comercial, enfrentamientos ideológicos radicales y “muros” que se levantan. No hay diálogo multilateral, la tolerancia está en desuso, lo mismo que el debate de altura y el intercambio de ideas. Los principios de la democracia parecen encerrados bajo siete candados. ¿Qué nos espera?

  • Actualizado: 06 de marzo de 2026 a las 14:03

Las agencias internacionales de noticias encuentran más trabajo que nunca. No hay región del mundo en donde no se den constantes brotes de confrontación, marcados con una profunda polarización, cuando no por choques, violencia, amenazas e incluso el estallido de guerras, ya sea militares o comerciales y tecnológicas.

Las noticias recientes muestran el escenario global: la invasión Rusia a Ucrania cumplió cuatro años; Israel y EEUU atacan a Irán y la respuesta de este país afecta a toda la región del Medio Oriente, con la zozobra que alcanza los cinco continentes. Las negociaciones comerciales se convierten en amenaza o necesidad, cuando no en una guerra arancelaria como la vivida el año pasado. La inmigración, que tantos beneficios trajo en el siglo XX, ahora se presenta como una plaga. La tecnología, esa que se pensaba abría la “era de la información”, en realidad ha creado la “era de la desinformación.

Los algoritmos que nos gobiernan en las redes sociales provocan que las ideas de las personas se vuelvan radicales y que la polarización se alimente. Ya no solo discrepamos de las ideas del otro, sino que se mira al “otro” como una amenaza existencial.

A finales del siglo XX cobró alguna relevancia la idea de buscar una “tercera vía” para resolver los problemas. Era lo que dio en llamarse “centrismo”, una alternativa a las posturas radicales de la derecha y la izquierda. Aunque la lógica planteaba su viabilidad, en la práctica esa corriente se diluyó sin dejar huella importante, a pesar de tener puntos a su favor en la teoría.

El multilateralismo, surgido también el siglo pasado tras las dos guerras mundiales, creó organismos como la ONU, la OEA y otros, los cuáles tenían como fin primordial impedir nuevas confrontaciones bélicas como aquellas. Algo se logró, pero no lo suficiente y eso ha sido aprovechado para desgastarlas y relegarlas a un segundo plano en sus posibilidades de intervenir acertada y eficazmente.

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos marca un punto de inflexión en todo lo que está sucediendo. También el impetuoso presidente ha sido el detonante de la mayor parte de “bombas” que, en el inicio del segundo cuarto del siglo XXI, provocan esa polarización dañina e incontrolable que avanza y corroe por todas partes del planeta.

En este momento parece no haber espacio para el diálogo y el intercambio constructivo de ideas. En vez del diálogo, lo que queda, lo que se vive y se ve, es la imposición.

Si bien hay guerras a diestra y siniestra, tengo la impresión de que hay, debajo de la superficie, una “guerra global del pensamiento y las ideologías”, en donde no se debate con argumentos, sino más bien con fuerza.

Cuando cayó el Muro de Berlín y terminó la “Guerra fría” llegó la era de la globalización, esa que prometía unir o al menos influir en torno a economía, política, cultura y tecnología. En Occidente, lo predominante era fortalecer el concepto integral de la democracia, entendiéndola –como alguna vez lo dijera el expresidente estadounidense Abraham Lincoln–, como es el sistema político “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, con un basamento fundamental: el respeto.

Pero ahora todo eso parece un espejismo. Trump en la Casa Blanca y muchos ideólogos en sus trincheras, se consideran dueños de la verdad absoluta, olvidando que “mi” verdad no necesariamente refleja la verdad colectiva... y que no existe una verdad absoluta. Todo es discutible, a la luz de acontecimientos, momentos y el punto desde yo veo esa “verdad”.

La polarización se produce cuando vemos al adversario como enemigo y cuando éste actúa de la misma manera. Casi siempre esa polarización se produce entre las ideologías de derecha e izquierda. Cuando Trump dice “hagamos grande a América otra vez”, concluye que todos los que no entiendan esto de la misma forma en la que él lo propone, son, en realidad, sus “enemigos”, sin términos medios.

Veamos cómo está América hoy: Estados Unidos polarizado. Un 40% –más o menos–siguen fervientemente a Trump, mientras que un porcentaje más o menos igual le considera un dictador, al mejor estilo latinoamericano. En Guatemala hay un choque de trenes entre quienes quieren plena democracia y los que desean mantener un sistema político sin cambios y con la justicia bajo control. En Argentina, Milei y el kirchnerismo chocan a cada paso y pronto se verá algo parecido en Brasil entre los seguidores de Lula y los de Bolsonario. ¿Qué decir de Colombia y Chile?: lo mismo.

Ya cayó el chavismo en Venezuela, pero queda una sociedad polarizada que no será fácil reconciliar. Lo mismo pasará en Nicaragua y Cuba cuando el extremismo comunista ceda ante la presión internacional o el clamor de sectores internos que claman por la libertad.

Lo malo es que se trata de imponer la “ley del más fuerte” en medio de la polarización. Ojalá que, en el movimiento pendular, pronto se vuelva a los valores democráticos...

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