esidimos de espaldas a las potencias del universo y apenas si logramos comprender ciertas de las cósmicas leyes naturales de la existencia. Sabemos, ejemplo, que todo daño que hacemos se paga, en esta u otras vivencias, que el bien incrementa al bien y que el mal se repele a sí mismo y concluye exterminando (anulando) a quien lo genera… Peor, que sus consecuencias son troncales pues terminan afectando a la parentela de donde provienen.
Suddhodana (“el de arroz puro”) fue padre de Sidharta Gautama, ascendido a Buda. Su dedicación al amor y la comunidad renació en el liderazgo mental de su hijo, creador de la única fe no teísta, es decir que no predica ni exige a ningún dios para la perfección del ser sino que la asienta en su integridad ética, cosa que sucede tras transcender al deseo o ansia (lobha), la aversión (dosha) y la confusión (moha). El zen es hoy intensa y atractiva doctrina del orbe, por su esencia intelectual y espiritual.
En la margen opuesta, el viejo Anastasio Somoza, ejecutado (eufemismo político para asesinado) por Rigoberto López Pérez en 1956, y que Sergio Ramírez describe en hermosa novela, dio origen a tan mala raza, pútrida hormona de espermatozoida descendencia, que dos de sus hijos (Anastasio, Luis) y un nieto (el Chigüín) se hicieron crueles opresores y déspotas de su propio país y del alma nicaragüense. A eso llaman los entendidos “karma”, esto es retribución de lo positivo o de cuanto lo adversa, pero de lo que ningún sujeto vibrátil, esto es vivo y existente, escapa, la fuga es por demás. Sea en este episodio u otro, y con mucho sufrimiento, el alcalde paga lo que malversó, el chafarote a quien apuñaló y causó tortura, el dictador que quitó el sueño, despertó angustia, generó ansiedad, que hizo concebir venganza, inquina y dolor. Todos cancelan, de tarde o mañana, su cuota de compensación, la que es millón por ciento mucho más dolorosa que en la aventura terrena, por ser eterna.
A mucho de este tipo de pensamiento ha de deberse lo que llamamos pasividad del hondureño y que es más bien, probablemente, sublimación filosófica. Sabe (no imagina ni cree ni presume) que ningún mal es permanente ni ningún bien ––ninguna salvación–– imposible. Que lo que debe llegar llegará, no importa la cauda de los tiempos. Y que indefectiblemente, con o contra las mareas gnósticas y planetarias, el ser nacional sigue en ascenso, milimétrico quizás pero ascenso. “Aprende a fijarte” educa el shamán “no en lo que sube sino en lo que asciende”.
Lo cual es sabia política de sobrevivencia, validada a lo ancho de cinco siglos. Esa entidad grupal todavía difusa y débil que es la hondureñidad ha probado su terca capacidad de supervivencia más allá de toda vicisitud, retos y peligros; si no fuera así ––peor con la caterva de pícaros que la ha manoseado y escupido–– la nación no existiría.
Debemos ser, por ende, cautos si la llamamos cobarde y procurar otra interpretación de lo que no concluimos de comprender. Cien veces mostró esta sociedad inaudito heroísmo, cien veces calló, como si aún no soplaran buenos vientos de navegar. De navegar sobre la historia y en la construcción de la felicidad. Que se la merece, innegable, pero para la que tiene tanta y desesperante paciencia existencial que confunde.