No dejé de creer en Dios

"Tras vivir enojada con Dios, una revelación personal transforma las dudas en paz al descubrir que la absoluta decepción proviene de nuestra humanidad"

  • Actualizado: 23 de junio de 2026 a las 00:00

Durante muchos años estuve enojada con Dios. No entendía por qué, si cada día intentaba hacer las cosas bien, siguiendo los valores con los que crecí, la vida parecía empeñarse en ponerme una prueba tras otra. Me preguntaba si Dios existía, dónde estaba y cómo debía sentirse su presencia. Escuchaba a todos hablar de Él, pero yo no lograba encontrarlo.

Me hacía preguntas que nadie lograba responder. ¿Existe realmente Dios? ¿Dónde está? ¿Cómo se siente su presencia? Escuchaba a muchas personas hablar de Él con absoluta certeza, pero nadie podía decirme cómo encontrarlo. Y así pasaron los años. Más preguntas que respuestas.

Hace apenas una semana fui al cine con mi hija. No esperaba salir con una reflexión espiritual; solo quería disfrutar una película. Sin embargo, una escena cambió algo dentro de mí. Una religiosa hablaba de la inmensidad del universo y decía que Dios había creado un Cosmos tan infinito que nuestro mayor error era creer que somos el centro de todo. Somos tan pequeños que, muchas veces, confundimos nuestra limitada mirada con la ausencia de Dios.

Entonces comprendí que quizá mi enojo nunca había sido con Él. Había dejado de creer en la humanidad.

Dejamos de creer cuando un padre destruye la inocencia de su hija(o); cuando una mujer o un hombre son humillados por quien juró amarlos; cuando un gobernante cambia el bienestar de un pueblo por la ambición; cuando ayudamos a alguien y recibimos traición; cuando los niños padecen hambre, cuando un agresor queda libre, cuando algunos esconden sus pecados detrás de una túnica, cuando los animales sufren por la crueldad humana y cuando el inocente paga por el culpable. Es ahí donde la fe en las personas comienza a fracturarse. No era Dios quien me había decepcionado. Habíamos sido nosotros.

Ese día también recordé una frase, frecuentemente atribuida a Albert Einstein, que dice: “Yo no creo en Dios; yo pienso en Dios”. Más allá de quién la haya dicho, comprendí el sentido que tiene para mí. Creer puede quedarse en la espera. Pensar nos obliga a observar, a cuestionar, a descubrir y a actuar. Porque cuando pensamos en Dios dejamos de buscarlo únicamente en los templos o en las respuestas que otros nos ofrecen, y comenzamos a reconocerlo en la inmensidad del universo, en la ciencia, en la naturaleza y en los pequeños milagros que ocurren cada día.

Hoy pienso en Dios cuando una madre o un padre soltero trabaja incansablemente por sus hijos. Pienso en Dios cuando la lluvia devuelve la vida a la tierra, cuando un abrazo calma un alma rota, cuando un médico salva una vida, cuando la ciencia encuentra respuestas, cuando una semilla florece después de meses de cuidado, cuando mi hija sonríe sin miedos, cuando un arcoíris rompe la tormenta, cuando se logra conseguir un nuevo trabajo y cuando levanto la mirada para contemplar estrellas, galaxias y exoplanetas que me recuerdan lo inmensamente pequeña que soy.

Después de tantos años buscando a Dios, descubrí que nunca había dejado de estar ahí. Quienes desaparecemos de la bondad somos nosotros.

Por eso, hoy puedo decir, con absoluta paz: yo no creo en Dios, pienso en Dios.

Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias