Más allá de la independencia

"Amar Honduras también significa reconocer todo aquello que está mal y negarnos a aceptarlo como normal"

  • Actualizado: 18 de septiembre de 2026 a las 00:00

Cada septiembre nos enseñan nuevamente a amar a Honduras. Vemos banderas, desfiles, actos cívicos, discursos sobre nuestra historia y fotografías de nuestros lugares más hermosos. Recordamos nuestras playas, nuestras montañas, nuestras islas y repetimos con orgullo que vivimos en un país privilegiado.

Y sí, Honduras es hermosa. Pero debemos tener cuidado: que el amor por Honduras no nos quite la razón. Porque amar un país no debería significar conformarnos con él.

De poco sirve presumir Roatán ante el mundo cuando para una enorme cantidad de hondureños conocerlo sigue siendo un lujo. De poco sirve hablar de nuestras riquezas naturales si alrededor de ellas existen comunidades pobres, servicios públicos deficientes y familias que todos los días luchan simplemente para sobrevivir.

Quizás hemos cometido el error de enseñarnos a amar demasiado a Honduras como es, cuando deberíamos aprender a amar, sobre todo, la Honduras que merecemos. Una Honduras donde nacer pobre no determine las oportunidades de toda una vida. Donde un niño pueda acceder a buena educación independientemente de cuánto ganen sus padres. Donde enfermarse no represente una tragedia económica. Donde trabajar permita vivir dignamente y donde crecer profesionalmente no dependa de amistades, apellidos o conexiones políticas.

También resulta paradójico celebrar nuestra independencia mientras continuamos dependiendo profundamente de decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras. Somos jurídicamente soberanos, pero demasiadas veces nuestra política parece necesitar la aprobación, opinión o visto bueno de actores extranjeros.

Incluso nuestros dirigentes terminan pendientes de lo que digan funcionarios que probablemente jamás han recorrido una colonia pobre de Tegucigalpa, una comunidad de Gracias a Dios o una aldea olvidada del occidente hondureño. Entonces debemos preguntarnos: ¿qué significa realmente ser independientes?

La independencia no puede reducirse a un desfile que sirve para sumar puntos académicos a los estudiantes, ni a un escenario donde nuestros políticos utilizan sus mejores galas, levantan una bandera y posan para una fotografía.

Independencia debería significar instituciones capaces de decidir pensando primero en Honduras. Debería significar educación, salud, oportunidades, empleo digno y reducción de las enormes desigualdades que dividen al país.

Debería significar construir las condiciones para que nuestros hijos no tengan que abandonar su tierra para encontrar futuro. Amar Honduras no consiste únicamente en decir que tenemos el lago más hermoso, playas maravillosas o gente trabajadora. El verdadero patriotismo debería incomodarnos.

Porque amar Honduras también significa reconocer todo aquello que está mal y negarnos a aceptarlo como normal. Cada 15 de septiembre, quizás debamos celebrar menos la Honduras que heredamos y comenzar a comprometernos más con la Honduras que todavía nos falta construir

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