Por: Edwin Molina
El veintidós de febrero encontraron su cuerpo; entre el frío y el silencio de la hierba alta en el norte del país, el sereno de la madrugada gentilmente caía sobre su piel, cubriendo los retazos de la sangre que se confundía con los colores de sus hematomas. Ahí apareció, donde todos sabemos que aparecen los hondureños que mueren dos veces, los que siempre terminan olvidados de la justicia y de la sociedad; unos nos arrebatan sus vidas y otros les arrancan de nuestras añoranzas de justicia.
Aun con el dolor punzante que los atravesaba, sus padres fueron llamados a identificarla; observaron, aturdidos por los ritos insensibles del camillero de la morgue... Veinte años de sus vidas...
Casi de manera instantánea, la maquinaria periodística tenía toda la información: grabaron el recorrido de las patrullas, de los agentes, montaron guardia con sus cámaras para captar el dolor y las lágrimas de los rostros entristecidos; voraces por la primicia con los detalles dantescos. Recuerdo que transmitieron las declaraciones de un señor con el rostro duro y riguroso; tenía barras y estrellas de jerarquía policial en sus hombros. Entre los adornos de sus palabras, mencionó la investigación de una estructura y esquema criminal, del proceso de selección de víctimas de los asesinos, de las futuras capturas y juicios. Siempre hablando las palabras que justifican su inacción e incompetencia. Las tarántulas ya no atacan, o solo de vez en cuando, pero siguen sin proteger.
En Honduras nos asesinan dos veces; la segunda ejecución siempre es pública y televisada. Empieza por la evidencia que nunca se encuentra, por el asesino impune e incierto, por los años de mora de investigación y justicia, por apatía, desinterés y, finalmente, por el olvido.
En raras ocasiones, los muertos olvidados salen de la hierba alta, de las cañeras, de las celdas, de las calles y se trasladan a algún discurso político de turno, a la estadística irrisoria de la buena gestión pública y de la baja de los niveles de muertes violentas, del control criminal, pero nadie da fe de ello, ni en la Honduras de allá ni en la Honduras de acá.
Permitámonos asumir por un momento que los asesinatos en nuestro país, en algún nivel, son inevitables, imprevisibles, pues nacen de los aspectos indeseables y terribles de la condición deshumanizada, aspectos que tiene muchas fuentes en la psique criminal; esta sería la primera muerte.
Pero la segunda no es inevitable; el olvido político de ello, nuestra sociedad abandonada a la indiferencia del sufrir ante lo criminal, no es solo la incapacidad e incompetencia pública, es también una decisión colectiva de la normalización. Lo inhumano del olvido yace en la elección consciente de ello; la indiferencia es una forma de complicidad a la violencia.
Mientras tanto, lo dicho: Los hondureños morimos dos veces.