En sus recientes mensajes dirigidos a la Organización de Universidades Católicas de América Latina y el Caribe (ODUC), la Asociación de Colegios y Universidades Católicas de los Estados Unidos (ACCU), la Federación Internacional de Universidades Católicas (FIUC), la Universidad de La Sapienza de Roma y la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, ha esbozado varios objetivos en torno a la educación superior católica.
Uno de ellos, es apoyar el desarrollo integral de las personas, ayudándolas a desarrollar su pensamiento crítico, reforzando su fe y aumentando su capacidad para servir a sus comunidades, al tiempo que se comprometen con la calidad, la capacidad y la profesionalidad.
Según el papa León, “uno de los medios más eficaces a través de los cuales la Iglesia sigue participando en la cultura actual es a través de las universidades católicas”, y estas seguirán encarnando el amor que está en el centro de todo lo que hace la Iglesia, en particular el amor de Dios por todas las personas, como afirmó anteriormente su predecesor, el papa Francisco.
Ha remarcado la necesidad de promover la justicia, la solidaridad y una verdadera cultura del encuentro en tiempos donde los valores éticos parecen perderse. Afirma que el acompañamiento espiritual y humano constituye una dimensión esencial de la universidad católica. Deben ser comunidades de vida fraterna y de investigación, de búsqueda de la verdad armonizando “fe y razón”, pioneras de un nuevo humanismo digital y de formación ética para el bien común.
Exhorta a los académicos universitarios, educadores y estudiantes a buscar una mirada de conjunto integradora, capaz de abarcar el horizonte con esperanza y a rechazar cualquier lógica parcial. Afirma que esta visión es fundamental para superar la atrofia espiritual.
Sostiene que el futuro de la sociedad civil depende en gran medida de la capacidad de las instituciones académicas para formar profesionales de excelencia que posean una profunda conciencia ética, capaces de transformar la realidad desde los valores del bien común, la inclusión y la solidaridad.
La formación de las nuevas generaciones sigue siendo una apuesta necesaria en un tiempo marcado por la incertidumbre. La universidad aparece así no como una institución intermedia, sino como un espacio en el que se decide, silenciosamente, la calidad de lo humano.
El pensamiento educativo de León XIV, enmarcado en un amplio proyecto de humanismo cristiano propone una universidad abierta al diálogo, comprometida con la dignidad humana y orientada al servicio del bien común.
El Pontífice alerta sobre los riesgos de una educación fragmentada e hiperespecializada que prioriza las competencias técnicas sobre las preguntas fundamentales del sentido de la vida, la dignidad humana y el bien común.
Desde su perspectiva, “las universidades tienen que cambiar y no seguir formando trabajadores para un mundo que ya no existe. Hay que formar personas que cambien el mundo”.
Propone que la educación superior debe evolucionar para dejar de ser un sistema basado en la acumulación y la certificación democratizando el acceso al conocimiento gratuito y orientar las universidades hacia la sostenibilidad, el bien común y el desarrollo humano.