Columnistas

La sabiduría de los viejos

Ya soy viejo, mejor dicho, no soy tan joven como antes pues cumplí cuarenta y nueve en noviembre pasado. Es evidente, a envejecer también se aprende sobre todo en la cultura actual donde parece no haber sitio para los mayores de treinta. El ideal de la eterna juventud se muestra tan atractivo que algunos lo buscan como si se tratara del elixir de la felicidad eterna.

En esta postura se piensa en la vida como en un juego interminable donde todo es diversión, ligereza, irreverencia y espontaneidad. Incluso sé de personas maduras afanadas en ocupaciones de niños; como aquel padre de familia cuyo pasatiempo es jugar videojuegos y pasa los fines de semana enteros frente a una pantalla de televisión o de aquellos otros con juguetes caros, antes no podían comprarlos, como automóviles, motocicletas, yates, aviones o rifles tal vez buscando un lugar imaginario, lejos de los problemas y las obligaciones de los adultos. Envejecer bien es aprender a ser feliz con lo que tienes; a sentirte orgulloso de las cicatrices de luchas pasadas, a veces ganadas y a veces perdidas, a la sabiduría concedida por caídas y recomienzos, a valorar las veces en las cuales fuiste perdonado, aceptado y querido como eres; y aprendiste también a perdonar porque los demás cuentan con aciertos y fracasos. Envejecer bien es comprender a las personas con sus virtudes y defectos; a tolerar sus rebeldías, dudas y certezas porque la edad enseña a dar una importancia relativa a la opinión ajena. Cuando eres joven estás excesivamente pendiente del “qué dirán”, los años te enseñan que en realidad pocas veces los demás centran su atención en tus cosas.

Cuando llegas a los cincuenta a veces deberás ejercitar la paciencia. Porque podrás ser tratado de forma arrogante por una veinteañera, tal vez se cree la dueña del mundo y de la verdad, y a veces cargarás con humillaciones porque antes las cosas se hacían peor que ahora. Si vas envejeciendo bien no te deslumbrará el brillo de una oficina reluciente o el de un automóvil caro o la posibilidad de viajes a sitios extraños, pues comenzarás a ver que no todo lo que reluce es oro. Descubrirás mejor el engaño de las esclavitudes de esa vida llena de luces y fantasías, impuestas por la moda, en la cual lo novedoso quiere marcar la pauta de cómo pensar, hablar y actuar.

Si quieres hacer gala de la sabiduría de tus años tendrás la libertad de los antiguos pájaros, la lozanía de los viejos robles, la armonía del universo; la serenidad del mar y la felicidad de ese amigo anciano que fijaba su atención en las culturas donde se valoran las canas; en estas sociedades, me decía, el gobierno de las cosas lo llevan los poseedores del sentido común. En estas sociedades abiertas a la tradición y por esta razón mejor dispuestas para el desarrollo; los jóvenes ejercen mejor su oficio de aprendices; se dan cuenta de que no existe nada nuevo bajo el sol y la verdad termina por imponerse, deberán dejar al agua correr y a las cosas caer por su propio peso, aprenderán que el tiempo es el mejor juez pues coloca a cada uno en su sitio y el diablo sabe más por viejo que por diablo. Aprender a envejecer es saber que a veces es mejor callar porque así no entran las moscas y sólo se aprende con la boca cerrada. Envejecer es entender que si no usamos la cabeza entonces debemos emplear los pies para desandar lo andado.