La religión y la modernidad líquida

"Para Bauman, la erosión de instituciones como la familia tradicional, el empleo permanente y la seguridad social deja a las personas en incertidumbre y miedo"

  • Actualizado: 03 de septiembre de 2026 a las 00:00

Zygmunt Bauman, fallecido en enero de 2017 a los 91 años, fue uno de los sociólogos más influyentes de las últimas décadas. Sus obras, casi todas dedicadas a la conceptualización de la modernidad líquida, describen una sociedad donde las estructuras duraderas y los vínculos estables se han desvanecido.

A diferencia de la modernidad “sólida” -cuando el trabajo, el matrimonio y la identidad parecían perdurar toda la vida-, la etapa actual se caracteriza por la transitoriedad, la inestabilidad y el cambio constante.

En ese contexto, Bauman estudió las transformaciones de la religión, mostrando la precariedad de los vínculos humanos, donde el amor se vuelve flotante, sin responsabilidad hacia el otro, reducido al contacto sin rostro que ofrece la virtualidad.

La noción de religión líquida describe cómo la fe, las creencias y las instituciones pierden su solidez tradicional para volverse flexibles, efímeras y adaptadas al consumo. La teología de la prosperidad no es un accidente doctrinal: es el producto religioso más acabado del capitalismo tardío.

Su promesa -riqueza como señal divina, salud como derecho espiritual, éxito como evidencia de fe- surge del mismo caldo cultural que Bauman analiza, donde todo vínculo es frágil, todo sentido se privatiza y toda institución se disuelve. Es una fe portátil, ligera, diseñada para circular en redes sociales y espectáculos religiosos. La iglesia se vuelve marca; el culto, evento; la salvación, producto.

La pobreza y la enfermedad se reinterpretan como fallas de fe. Esta teología legitima la desigualdad: si eres pobre, “algo hiciste mal”; si prosperas, “Dios te respalda”. Es la versión religiosa del “si quieres, puedes”, que oculta las estructuras de explotación y convierte el sufrimiento en culpa privatizada.

Algunos líderes protestantes han criticado esta corriente por explotar a los pobres mediante exigencias constantes de donaciones para “mantener la bendición de Dios”. En Estados Unidos, varios predicadores han enfrentado escándalos y acusaciones de fraude financiero.

En Tegucigalpa conozco casos, en barrios pobres, donde pastores que no reciben diezmos por la precariedad de su feligresía organizan actividades financieras y se quedan con las ganancias sin rendir cuentas. El resultado: ellos y sus familias acumulan bienes valorados en millones de lempiras.

Para Bauman, la erosión de instituciones como la familia tradicional, el empleo permanente y la seguridad social deja a las personas en incertidumbre y miedo. En ese vacío, el fanatismo religioso surge como respuesta emocional ante un mundo que ya no ofrece certezas.

La convocatoria hecha para el 5 de septiembre al “Gran Día de Humillación” revela cómo, ante la sequía, la violencia y la inseguridad, la Confraternidad Evangélica busca ocupar el vacío dejado por instituciones débiles.

Moviliza recursos masivos y espiritualiza problemas estructurales, mostrando una fe que funciona como refugio simbólico en tiempos de incertidumbre.

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