La memoria de corta distancia

Una sociedad sin memoria política está condenada a repetir sus errores, porque termina premiando comportamientos que anteriormente reprochaba.

  • Actualizado: 23 de octubre de 2026 a las 13:25

Uno de los grandes problemas de Honduras es nuestra memoria de corta distancia. Los acontecimientos que deberían estremecer nuestra conciencia colectiva apenas ocupan unos días en las conversaciones, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Después desaparecen, como si nunca hubiesen ocurrido. Nos indignamos con facilidad, pero olvidamos con una rapidez todavía mayor.

Olvidamos a quienes han sido señalados por corrupción, narcotráfico o abuso de poder. Olvidamos las promesas incumplidas, los escándalos públicos y las decisiones que han contribuido al deterioro institucional del país. Lo verdaderamente preocupante es que, pasado algún tiempo, algunos de esos mismos personajes vuelven a presentarse ante la ciudadanía y encuentran nuevamente respaldo electoral. Pareciera que en Honduras el paso del tiempo tiene la extraordinaria capacidad de borrar las responsabilidades políticas.

Olvidar puede ser saludable cuando se trata de superar experiencias dolorosas, pero resulta profundamente perjudicial cuando compromete nuestra capacidad de exigir cuentas. Una sociedad sin memoria política está condenada a repetir sus errores, porque termina premiando comportamientos que anteriormente reprochaba.

Esta circunstancia tiene consecuencias directas sobre la calidad de la administración pública. Mientras la ciudadanía no valore los antecedentes, la capacidad técnica, la trayectoria y las propuestas de quienes aspiran a ejercer funciones públicas, continuaremos debilitando nuestras instituciones.

Hay personajes que permanecen prácticamente invisibles durante años. No participan en los grandes debates nacionales, no presentan iniciativas, no defienden causas colectivas ni demuestran mayor interés por los problemas de la población. Sin embargo, cuando se aproxima una contienda electoral, descubren repentinamente su lado más humano: abrazan ancianos, cargan niños, visitan comunidades y aparecen sonrientes en cualquier actividad que pueda producirles algunos votos.

Otros invierten enormes cantidades de recursos en publicidad, como si las elecciones fueran un certamen para determinar quién tiene más vallas, mejores fotografías o mayor presencia digital. También están aquellos que alcanzan notoriedad política sin presentar una sola propuesta seria, simplemente porque lograron hacerse virales mediante alguna ocurrencia o extravagancia.

No confundamos estos fenómenos con genialidad o extraordinaria capacidad estratégica. Muchas veces representan únicamente el aprovechamiento de nuestras debilidades colectivas, de una cultura política que privilegia el espectáculo sobre la preparación y la popularidad sobre la idoneidad.

Naturalmente, los ciudadanos tenemos derecho a cambiar de opinión y los señalamientos nunca deben confundirse con condenas judiciales. Pero una cosa es respetar la presunción de inocencia y otra muy distinta renunciar a nuestra capacidad crítica.

Honduras necesita recuperar su memoria, porque no podemos pretender construir instituciones sólidas mientras continuemos eligiendo desde el olvido. Antes de exigir mejores gobernantes, también debemos preguntarnos qué criterios utilizamos para escogerlos.

Construir patria requiere mucho más que indignarnos durante unos días. Requiere recordar, reflexionar y asumir nuestra responsabilidad ciudadana. De lo contrario, seguiremos cambiando los nombres de nuestros gobernantes sin cambiar las prácticas que mantienen estancado al país.

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