Todo mar, todo regreso, toda espera y todo hijo nos parecen distintos después de leer “La Odisea” de Homero. La vida de los libros y la propia sabe más dulce después de la literatura clásica. Y más que con lirismo esta afirmación la hago convencido. Lo he experimentado y he visto a otras personas experimentarlo. Y si hablamos de conflictos, “La Ilíada” es iluminadora.
La literatura clásica es importante no solamente para los lectores, sino que tiene una alta incidencia en el proceso creativo. Es imposible crear una literatura de calidad si se desconoce el pasado de esta. Porque como se ha afirmado alguna vez, la nueva literatura no es más que una reescritura.
Lastimosamente en el Currículo Nacional Básico de Honduras no está contemplado el estudio de los clásicos. Si bien en los tres niveles se menciona la literatura universal a la par de la literatura hondureña, no es suficiente.
Es tan importante, sobre todo la literatura griega, que no basta con que su existencia en el proceso educativo sea una libre interpretación de los profesores que con suerte aprecian la buena literatura. Su estudio debe ser obligatorio, y regido bajo unos principios fundamentales para que se logre comprender la dimensión de estas obras y su impacto en las demás.
En consonancia con lo que dije al principio, se lograría una mejor apreciación y valoración de la literatura hondureña si su lectura estuviera iluminada por todo un acervo literario. El mito, como afirma Roberto Calasso, aparece en todos sitios y desde todos los sitios.
Además de la tradición literaria griega, hay que repasar las distintas mitologías alrededor de mundo. La India, Mesopotamia, América, Egipto, la tradición judía y la nórdica. Y debo insistir en que no se trata de un simple conocimiento de cultura general, sino de un conocimiento sistemático que desemboque en una mejor lectura y una mejor escritura.
Pasa lo mismo con el estudio del latín y del griego, cortados prácticamente de raíz de todos los planes de estudio salvo casos afortunados como la carrera de Filosofía.
A más de alguno le parecerá arcaica la enseñanza de latín y griego. Sin embargo, debo decir que, por ejemplo, la estructura gramatical latina, aunque distinta del español -y en ese mismo grado muy compleja- puede ser una herramienta clave para mejorar las habilidades de escritura. A veces escribir mejor es escribir con más sencillez; y a veces escribir con más sencillez pasa por tener claridad sobre la estructura de la lengua.
Por esa razón estaría bien considerar volver de alguna manera a estos estudios, pero no como historia de la lengua, sino en su análisis más auténtico. Claro, adecuado a un nivel escolar. Porque esa laxitud gramatical que prolifera hoy en las escuelas, colegios y universidades lo único que nos deja es una población que en general no sabe redactar.
Lógicamente existe el obstáculo de que en el mercado probablemente hay muy pocas personas preparadas para la enseñanza de estos rudimentos. Pero es algo solucionable, ya que no dudo que haya personas que se aprecien intelectualmente y se presten a la formación en estos campos específicos.
Seguir navegando por las aguas literarias sin antes comprender la literatura griega es navegar a ciegas, sin una estrella al menos distante que marque un rumbo. Después será el rechinar de dientes, cuando nos perdamos por el canto de unas sirenas aladas.