Hace dos años recibí una invitación del licenciado Carlos Mauricio Flores, director ejecutivo de este influyente diario, para que colaborara con una columna donde pudiera exponer mis pensamientos, mis ideales, mis luchas, mi forma de ver la vida y la realidad de este país.
Ha sido una experiencia muy grata que me ha permitido exponer mis puntos de vista, además de poder invitar a gobernantes y gobernados a reflexionar sobre el país que debemos construir para bien de todos.
No es justo que continuemos viviendo en una Honduras donde se impone la corrupción, la opacidad en el manejo de lo público, el irrespeto a las leyes, la criminalidad, así como el tráfico de drogas y de influencias.
No es posible que por nuestra apatía estos tipos de conducta cada día aumenten el temor, la angustia y la miseria de un pueblo que heredó una tierra rica en recursos naturales, recurso humano y exquisitas culturas milenarias.
Vale la pena en este momento recordar la frase de Martín Luther King: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.
Igual, a mí también me angustia que nueve millones de hondureños nos dejemos arrebatar por unos pocos la democracia, los derechos humanos, sociales, económicos y políticos.
Es tiempo que entendamos que la democracia no solamente es elegir o reelegir cada cuatro años a muchos que solo llegan a saquear el erario, sino que también es aspirar y trabajar por un modelo que dignifique al ser humano.
Construir una nación donde prevalezca el respeto, el orden y los valores morales es una responsabilidad que todos los hondureños debemos asumir, si en verdad pretendemos alcanzar una economía floreciente, donde los jóvenes tengan oportunidades, donde ya no haya más compatriotas yéndose a tierras lejanas para sobrevivir.