Columnistas

La economía de la calle

En la gasolinera se acerca un muchacho para ofrecer el cambio de los limpiaparabrisas del carro, los mira gastados, justifica que los pronósticos anuncian tormenta tropical y que seguirá lloviendo, ¿que cómo lo sabe?, dice que lo leyó en el periódico, allí mismo, mientras esperaba clientes.

Atrás de él aparece otro jovencito, para sorprender también -pero con su lenguaje-, dice que “con todo respeto” ofrece cacahuates: los lleva salados, garapiñados o con pasas, seguido de la recomendación de que, además de ricos, son buenos para la salud, tienen proteínas... bueno.

Los dos creativos jóvenes -venden en la gasolinera bajo promesa de respeto y decencia- forman parte de esa legión de hondureños que sobreviven en el sector informal, esos que no tienen un trabajo fijo, una nómina, el acceso a los derechos laborales y a la protección, aunque sean componentes esenciales de la raquítica economía del país.

Los datos del Banco Mundial apuntan que hasta un 80% de los trabajadores hondureños están en el sector informal -en realidad, dice cuatro de cada cinco-, aunque seguro que los números variaron con el desastre sanitario y económico de la pandemia: cierre de más negocios, despido masivo de empleados, que pasaron invariablemente a este ejército de desheredados.

Y si ellos subsisten sin conocer las leyes laborales, y solo pueden ir al Seguro Social a vender en las afueras, y los ven con desconfianza en los esquivos bancos, que no les prestan nada; tampoco al gobierno le va muy bien, porque es difícil recaudar impuestos entre ellos, y más complicado establecer regulaciones.

Antes de que el coronavirus nos agriara la vida, una señora compraba comida por libras en un restaurante chino: “arroz y chopsuey, nada más”, anunciaba su limitado menú a los empleados públicos que se acercaban a su viejo carro distribuidor, en las aceras de las oficinas de gobierno, y apoyada por su hija, que guarda en casa un título universitario en administración.

También visitaban las oficinas públicas, en las que vendían perfumes, aseguraban que originales: Calvin Klein, Carolina Herrera, Michael Kors; el maquillaje de Dior, Maybelline, Mac; relojes Casio y Fossil; pero el negocio cayó abrupto con el confinamiento y las emprendedoras tuvieron que reinventarse.

Los fríos técnicos del BM dicen que urge apostarle a la educación, mejorar los mercados laborales, la financiación de comerciantes y pequeños negocios, para que se formalicen; además, estimular la inversión del sector formal con incentivos y bajos impuestos, para que empleen a más personas.

Para algunos analistas la economía informal funciona en tiempos de recesión, porque acoge a los despedidos del sector formal, pero no en nuestra realidad de crisis permanente y tantos afectados; necesitamos políticas públicas nuevas, atrevidas, solidarias y tan creativas, como las de los vendedores, por la sobrevivencia.