El respaldo de los Estados Unidos a la declaratoria final del Tribunal Supremo Electoral de Honduras, que declaró vencedor de los comicios electorales del 26 de noviembre al actual presidente Juan Orlando Hernández, no sólo reafirma el poderío histórico de Estados Unidos en el país; también crea un precedente delicado para la estabilidad política y el sostenimiento de las democracias latinoamericanas.
El gobierno de Hernández (2014-2018) ha estado marcado por la corrupción, el populismo económico, la militarización social, un largo recorrido de violaciones a la Constitución de la República, nexos con el crimen organizado, sangrienta represión a la oposición, concentración de poder, elecciones fraudulentas y un control absoluto de la institucionalidad del Estado.
El reconocimiento de Hernández por parte del Departamento de Estado no asombra por su propia naturaleza (EE UU no apoyaría un gobierno de “izquierdas”), sino por la aceptación de un candidato ilegal vetado por la constitución de su país. El reconocimiento de gobiernos inconstitucionales contradice los principios democráticos predicados por el mundo occidental y pone en riesgo la legalidad de la región.
El caso Honduras puede ser el regreso de las derechas latinoamericanas impositivas y puede impulsar una nueva etapa de derechas totalitarias y violentas como aquellas derechas todopoderosas del siglo XX.
Pero Honduras siempre ha vivido en dictadura. No solo bajo dictaduras militares como la de Tiburcio Carías (1933-1949) o las dictaduras militares ocurridas entre 1963 y 1982, sino también bajo una dictadura partidaria: la del Partido Nacional que gobernó —junto a los militares y la Iglesia— casi setenta años en el pasado siglo y doce (que se convertirán en 16) en lo que va de este.
La “amenaza” socialista que tomó el poder en distintos Estados sudamericanos y que relegó a las derechas por primera vez a la oposición, puso en entredicho el control absoluto de EE UU en su continente. Por ello, el proyecto de la “renovación de las derechas” contribuyó significativamente para el declive del “auge socialista”. Las derechas renovaron su discurso, su imagen y su propaganda, a diferencia de la izquierda.
Mientras el otrora nuevo poder de las izquierdas latinoamericanas lideradas por el proyecto chavista ha perdido credibilidad y fuerza para continuar la expansión (y su propio sostenimiento) que se trazó en un principio, las derechas -acostumbradas al poder desde siempre- parecen haber recuperado el control a través de gobiernos con “mano dura” que, como en el pasado, podrían degenerar en peligrosos regímenes.
En un momento histórico como este, cuando el control absoluto de los Estados Unidos en la región se ha debilitado frente al posicionamiento económico de potencias como China, o al reaparecimiento en la escena del imperio ruso; y cuando la propia democracia estadounidense ha sido puesta en duda por las supuestas acciones fraudulentas del presidente Trump (un mandatario ultraconservador e impositivo), no es del todo errado suponer que se avecinan tiempos duros.
El fin de la etapa “socialista” latinoamericana y la vuelta al control de los Estados Unidos tienen demasiadas cosas en común el pasado reciente. En similares circunstancia, por la amenaza comunista, Estados Unidos propagó una serie de temerarias dictaduras a lo largo del siglo XX, todas dictaduras de derecha. Como la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, Getulio Vargas en Brasil, François Duvalier en Haití, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, Alfredo Stroessner en Paraguay, Maximiliano Hernández en El Salvador y Tiburcio Carías en Honduras.
Honduras siempre ha sido, quizá junto a Colombia, el más conservador de los países hispanoamericanos. Que la nación siga siendo el centro de los experimentos estadounidenses resulta desconsolador, pero totalmente lógico si pensamos en su historia entreguista.
¿Por qué Honduras sería el territorio ideal para ensayar las nuevas dictaduras neoliberales que pasan por gobiernos democráticos? Porque está en el corazón del continente, porque conserva la base militar estadounidense más grande de América, porque en el siglo XX sirvió como base de operaciones norteamericana para hacer la contrarrevolución a los países hermanos de Centroamérica que sí lucharon por su “liberación”; y quizá porque la mítica frase de Samuel Zemurray sobre que “en Honduras es más fácil comprar un diputado que una mula” sigue más vigente que nunca.
Pero la situación de Honduras es apenas una muestra de lo que vive o puede vivir la región: elecciones cerradas o fraudulentas, militarismo, concentración de poder, reelección ilegal, manipulación mediática, intolerancia y represión mortal.
Honduras es un país tomado, una dictadura con elecciones.