Columnistas

Fracasados

Cuando un proyecto suma 500 años sin tener éxito; cuando un modelo alcanza la centuria y fracasa tras fracaso, quienes los pregonan son estafadores o quien los acepta es banal. O ambas circunstancias… Pues van cinco siglos que en América nos prometen que Cristo redentor vendrá a salvarnos pero su presencia solamente se ve en rótulos supersticiosos del cristal trasero de los autobuses y en fastuosos templos —con fastuosos autos— con que se enriquecen pastores evangélicos, como antes los sacerdotes católicos. “El delegado del Señor debe vestir a la altura de su dignidad”, alega el pícaro en tanto se ajusta la corbata Dior.

Lúcidos pensadores como Marín García coinciden en que “las religiones dan una forma de vida a sus seguidores: les proporcionan principios éticos y morales con que han de regirse”. Y, sobre todo, que la fe lo que propone es el hallazgo de la verdad (quiénes somos, a dónde vamos, qué fuerzas si acaso nos rigen, con qué proceder habitamos el mundo) pues como piensa Adorno, “la verdad debe ser una actitud de búsqueda compartida por creyentes y no creyentes”.

Pero desde los frailes de la Conquista, y peor hoy, lo que la religión oferta es superstición, ajuste de clásicos mitos (leyendas, no verdades), imposición de lo que ellas afirman son “verdades absolutas” que debes tragar sin discusión, impartidas por fulanos que se autoproclaman embajadores de alguna divinidad y que por ello se titulan dueños del conocimiento. Lo que tu razón destile va al carajo. Y en vez de insistir en que debemos respetar y ayudar al otro incitan al exclusivo egoísmo de la salvación personal. La experiencia simbólica que es interrogar al mundo y al universo para hallar nuestro destino —como parte alícuota del destino de los demás— se pierde entre anécdotas de arameos y filisteos, rituales mohosos envejecidos, aleluyas de escándalo y diezmos caros. La ética comunal marcha al canasto de la basura histórica, palabras de un capo mayor llamado Evelio.

Pues ¿no es fracaso que por siglos nos hayan predicado desde los templos y sin embargo nos matemos hoy a ración de cuarenta víctimas por día? ¿Que la violencia crezca con más velocidad que el amor y que seamos una sociedad viciosa, deteriorada, insolidaria y destruida? ¿Para qué tanta palabrería, bautizos y confirmaciones, besapalos, ostias, misas, cultos y oraciones si en vez de progresar y ascender espiritualmente nos asemejamos cada vez más a fieras y bestias? Y ni a esas pues ellas matan por necesidad…

¿Qué ha recibido Honduras tras tantos años de esa inventada religiosidad? ¿La fantocha teatral de lo “sagrado” no será más bien un diestro negocio de poder, donde unos hombres se explotan a otros? Nuestro pueblo reside en una alienación intencionalmente articulada por ellos. Peor: que justifica, defiende y silencia la atrocidad de gobiernos narcodictatoriales y corruptos, negadores de dios, a cuyos líderes esos “profetas” alaban si besan la cruz, les dan subsidios o disimulan sus propias indiscreciones morales. Con excepción de un puño de pastores y una canasta de sabios y valientes curas, los que “inspiran” y dirigen nuestra vida ética son cuatreros del dogma, aprendices de magos y villanos. Si crees lo opuesto regresa y contempla el país en que estamos.