Honduras enfrenta una amenaza climática que exige decisiones inmediatas. Los pronósticos internacionales indican que el fenómeno de El Niño ya está activo y continúa fortaleciéndose, con una alta probabilidad de convertirse en un evento muy fuerte entre octubre y diciembre de 2026, cuyos efectos podrían extenderse hasta el primer trimestre de 2027.
Para un país con alta dependencia de la agricultura, recursos hídricos limitados y una importante generación hidroeléctrica, el riesgo trasciende lo ambiental y se convierte en un desafío económico, social y de seguridad nacional.
El mayor impacto recaerá sobre el Corredor Seco hondureño, donde se esperan lluvias por debajo del promedio, temperaturas superiores a lo normal y una canícula más prolongada. Estas condiciones amenazan la producción de maíz y frijol, especialmente durante la siembra de postrera, fundamental para el abastecimiento alimentario del país. La disminución de las cosechas podría traducirse en mayores precios, menor disponibilidad de alimentos y un incremento de la inseguridad alimentaria en las zonas rurales más vulnerables.
Ante este panorama, el Gobierno debe actuar bajo un enfoque preventivo. La primera prioridad debe ser garantizar el abastecimiento de agua para consumo humano.
Es indispensable fortalecer la infraestructura hídrica, rehabilitar pozos, proteger microcuencas, ampliar la capacidad de almacenamiento y establecer planes de racionamiento técnico donde sea necesario. La gestión del agua será el eje sobre el cual dependerán la agricultura, la salud pública y la producción energética.
En el sector agropecuario, las decisiones no pueden esperar. Es urgente distribuir semillas mejoradas resistentes a la sequía, incentivar variedades de ciclo corto, ampliar los programas de riego tecnificado y brindar asistencia técnica a pequeños productores.
Asimismo, conviene establecer reservas estratégicas de granos básicos y reforzar los programas de crédito agrícola para evitar que miles de familias abandonen la producción por falta de liquidez.
La seguridad alimentaria también exige fortalecer los programas de nutrición infantil, mantener inventarios suficientes de alimentos esenciales y coordinar acciones con organismos internacionales para responder rápidamente si las pérdidas agrícolas se profundizan. Prevenir una crisis alimentaria siempre resulta menos costoso que atender una emergencia humanitaria.
El sector energético tampoco debe quedar fuera de la planificación. La reducción de caudales podría disminuir la generación hidroeléctrica, obligando a una mayor utilización de plantas térmicas con mayores costos. La ENEE deberá planificar oportunamente la diversificación de la matriz energética y optimizar el uso de sus embalses para garantizar el suministro eléctrico.
Finalmente, Honduras necesita un “Comité Nacional de Respuesta al Fenómeno de El Niño”, integrado por las instituciones responsables del clima, agricultura, energía, salud, finanzas y protección civil. La coordinación, el monitoreo permanente y la toma oportuna de decisiones serán determin antes.
El Niño no puede evitarse, pero sus consecuencias sí pueden mitigarse. La diferencia entre una crisis y una gestión exitosa dependerá de la capacidad del Estado para anticiparse.
La prevención, la planificación y la inversión temprana serán, una vez más, las mejores herramientas para proteger la economía, la producción agrícola y la seguridad alimentaria de todos los hondureños