Los villanos se han puesto de moda, al menos en la ficción, y eso parece que nos gusta cada vez más. Aunque ciertamente no es nuevo que los antagonistas manejen los hilos dramáticos y que las fechorías en menor y mayor escala sean muy entretenidas, ya la literatura picaresca española, por ejemplo, nos da un antecedente de varios siglos.
Las agencias de seguridad de los Estados Unidos han seguido de cerca el estreno del largometraje “Guasón”, dirigido por Todd Phillips, ya que su personaje en la cultura popular es reconocido por ser una apología a la violencia, además de estetizarla (hacer que se vea “hermosa”) y gozar hilarantemente del caos.
Han tenido miedo de que se confunda esta manera de ver el desastre con lo que de verdad pasa en el mundo y la ficción (de nuevo por ignorancia) nos supere. “Guasón” no ha aparecido sola, también podemos encontrar ejemplos como la serie “La casa de papel”, donde de verdad se puede llegar a estar del lado de una banda de criminales; nada tan novedoso porque el mismo Tarantino ya lo había logrado con “Tiempos violentos” y “Perros de reserva”, solo por mencionar un ejemplo, y otros casos de romantización del crimen como “Ciudad de Dios”, película de culto brasileña.
Es necesario preguntarse por qué funcionan tan bien estos argumentos y qué tan peligrosos pueden ser para nosotros. Los villanos o antagonistas solo funcionan bien cuando su maldad es de alguna manera “justificada”, cuando se nos presentan “demasiado humanos”, conflictuados por su propia realidad y sobre todo sometidos por un sistema que nos parece injusto y que reconocemos del mundo real.
Sabemos ya que la literatura, el cine y el arte en general habla de nosotros (de lo más profundo, no de superficialidades) y por eso identificarnos con un villano puede encender las alarmas, sin embargo, en el caso específico de “Guasón”, quien, por su popularidad, mas no por su grado de violencia, ha sembrado la polémica, quiero contarles que no es con el payaso violento con quien no identificamos, en realidad con quien lo hacemos es con el sistema y con la posición que ocupamos en él. El rechazo a algo, en pocas palabras. Es decir, no es con sus respuestas enfermizas, ni con sus acciones con quienes nos sentimos cómodos, es con su odio al sistema.
¿Puede ser peligroso, entonces, esta alabanza al caos que es este personaje? Ciertamente, no. El arte, lejos de ser un motor de arranque del desastre, es un apaciguador.
Lo único que podría llevar a que alguien intente repetir lo que ve en la pantalla de parte de un villano, del que sea, es su no claridad respecto al arte y la ficción. La falta de educación y la ignorancia, aunque este par también nos genera muchos problemas sin necesidad de que haya una ficción que la provoque.
El cine y la literatura seguirán teniendo personajes de este tipo, que nos hagan gustar de lo que no estaría bien que pasara en la realidad. Tal vez no es la ficción lo que hay que cambiar, sino lo que pasa en este mundo real, su sistema de injusticia y la consideración que tenemos hacia los otro seres humanos.
No es la ficción la que determina el mundo, es el mundo quien como en un oscuro espejo se no presenta y nos gusta, lo repito, porque no es tan distinto lo que les pasa a lo personajes de lo que nos sucede a nosotros en la vida cotidiana.