La avidez y urgencia con que algunas figuras del Partido Nacional y Liberal expresan la necesidad de ejecutar el juicio político contra funcionarios de Libre en organismos dependientes del Legislativo y del Poder Judicial refleja más una vendetta que un acto de justicia constitucional.
El triunfo del Partido Nacional en las elecciones de noviembre 2025, con la injerencia externa y el evidente fraude electoral, sorprendió a muchos; lo que ilustra la volatilidad de la política y los determinismos coyunturales sobre la realidad. Un partido al que pocos daban esperanzas de triunfo, fuertemente desprestigiado tras doce años de narcoestado, volvía al poder como si el país no tuviera historia ni memoria colectiva. El Partido Nacional, que ha aprendido mucho de su centenaria existencia, está haciendo uso contundente de los recursos del poder para activar, a su conveniencia, por primera vez, el juicio político para el desquite, pavimentar el retorno sin sobresaltos del indultado y asegurar su sostenibilidad en la cooptación del poder total. Pero eso no lo ha logrado solo, y tampoco comienza en este régimen. Su génesis ocurre en el golpe de Estado del 2009, que trajo como consecuencia una previsible simbiosis nacional-liberal conocida popularmente como el “cacho-liberalismo”.
En dos ocasiones, los liberales rechazaron el apoyo de la bancada de Libre para asumir la directiva del Congreso Nacional. Pocos hubiesen esperado ese sectarismo de los liberales hacia Libre, siendo este último un desprendimiento del primero, con lo cual se pudiera pensar en alguna afinidad ideológica residual. Pero la realidad es que nacionales y liberales, en su existencia simbiótica, continuaron compartiendo con mayor cercanía mutuos intereses ancestrales que, en los albores del siglo XXI, han evolucionado en su naturaleza; ya no solo se trata de los inveterados tratos para repartirse la administración de los poderes del Estado, sino de una cuasi fusión de intereses pecuniarios alrededor de diversos actos opacos, como los casos que la MACCIH dejó pendientes, cobijados los ilícitos bipartidarios, con el manto de la impunidad.
El odio cerril de advenedizos en el liberalismo, haciendo causa común con algunos cachurecos sedientos de venganza, envenenan cada día las deseables relaciones civilizadas gobierno y oposición, que, con la manipulación del mediatismo corporativo, persiguen el linchamiento político de todos aquellos que denunciaron y se opusieron al fraude, que -según se afirma- sólo fue posible por el contubernio “cacho-liberal” en el Consejo Nacional Electoral, incluso, en detrimento del propio candidato liberal.
Libre, diezmado por la derrota, aún no reacciona dialécticamente como partido ante su base ni en su bancada congresional. ¿Hasta dónde llegará esta simbiosis liberal-nacionalista? ¿terminarán estos partidos conservadores fusionándose?
Solo el tiempo lo dirá. Desde su propia perspectiva, se solazan exitosos con el juicio político como novedoso y eficaz mecanismo para eliminar adversarios, e ignoran que la venganza es como un fuego violento que consume al incendiario.