Todo cambió abruptamente con la llegada del coronavirus, todo, menos la violencia ¡qué vicio! Cualquiera pudo pensar que con el confinamiento obligatorio y el temor de contagiarse en la calle los criminales se agazaparían, pausarían -digamos, descansarían-, pero no; penosamente todavía mueren por asesinato entre ocho y nueve personas al día.
Los policías y los policías militares pasan ocupados desde que agregaron mascarillas y guantes a sus implementos de chalecos blindados, armas e insignias, y montan operativos para obligar el aislamiento social, tan difícil por la despiadada pobreza que empuja a muchos a desafiar el contagio para comer hoy, tal vez.
Aunque todos los negocios cerraron por la cuarentena, el comercio de las drogas no para, y las luchas por el control de territorios tampoco, mantienen atareadas a las diferentes organizaciones delictivas. Solo en estas ocho semanas de encierro murieron 263 personas a manos de criminales.
Estas son las cifras de la misma policía, porque los datos rigurosos que lleva el Observatorio de la Violencia todavía no se completan porque la Universidad Nacional, a la que pertenece, también está cerrada, pero con lo que pueden seguir las estadísticas, coinciden en que la violencia no ha disminuido con el confinamiento.
Desde luego que las cifras fatales han cambiado, cuando vemos una gráfica con el número de muertes por año, asemeja una espantosa montaña rusa, que registra en el año 2004 unas 2,156 muertes; luego sube terriblemente hasta alcanzar la cúspide en 2012, con 7,172 asesinatos; después el descenso, hasta que en 2019 llega a 4,096.
Es frecuente creer, y la historia fortalece esa creencia, que después de un suceso traumático colectivo y nacional –guerras, revoluciones, catástrofes naturales, pestes- una sociedad determinada resurge, se reinventa, renace. A nosotros nos destrozó el huracán Mitch en 1998, y nos dividió el golpe de Estado de 2009, y todo sigue igual, quizás, hasta peor.
Esta tragedia del coronavirus, como ya estamos viendo, nos marcará a fuego, aparte del lamento de los familiares de los fallecidos, desvestirá una esmirriada economía, un raquítico sistema sanitario, un insuficiente programa educativo y, sobre todo, una insultante desigualdad social que agigantará el problema.
Crímenes y criminales son parte de un desarraigado sistema social excluyente, sórdido, empobrecedor, que orilla a muchos a la desesperación que borra la frontera con el delito, por eso no asusta el coronavirus, estos miedos son superiores.
¿Qué aprendimos? Será la gran pregunta cuando pase la peste, y qué haremos -será la gran respuesta- para desterrar de una vez la violencia, la corrupción, la injusticia, la miseria.
Ahora parece lejano, utópico; como les pareció a otras sociedades que ahora llamamos primer mundo. Hay sueños posibles