“Donde fueres, haz lo que vieres” reza un conocido refrán, que nos recomienda observar con cuidado los usos y costumbres de un lugar en el que uno pudiera encontrarse, para evitar problemas por realizar prácticas diferentes a las de todos. Quienes hemos salido de nuestra tierra o a otra región del país, sabemos que este consejo es beneficio para quien lo sabe aplicar, pues no somos conscientes de nuestras singularidades hasta que las vemos confrontadas con las propias de otras comunidades.
Gestos, expresiones, omisiones, rituales, tabúes, por citar varios, se convierten en un descubrimiento permanente para quien pasea lejos de su entorno, aún y cuando modernas guías de viajero estén al alcance de la mano para hacerles frente. Recuerdo bien la vez en que una persona mayor me preguntó en un área rural “Cuál era mi gracia” y mi desconcierto al no saber qué responderle; afortunadamente, alguien me sopló que lo que aquel señor deseaba saber era mi nombre de pila y solo así evité parecer descortés. Después, no solo entendía bien la pregunta, sino que me atreví un par de veces a indagar el nombre de mis interlocutores con la misma fórmula. Otro tanto me ha ocurrido en el extranjero cuando me presentan un platillo o bebida que no sé a ciencia cierta cómo degustar: no queda más que observar a la gente y ver cómo lo hacen (puede ser complicado cuando uno es el invitado, pues en algunas sociedades es éste quién debe empezar a comer...). Por fortuna, la mayoría de las personas son condescendientes con la candidez del forastero y, en medio de risitas, le corrigen a uno.
Con la instalación de la reciente legislatura del Congreso Nacional, algo parecido a esto le ocurre a los nuevos diputados y diputadas. Aunque haya una Constitución de la República, una odiosa Ley Orgánica de ese poder estatal y sendos textos que explican los procedimientos y técnicas parlamentarios, mientras no ocurra ningún evento excepcional que modifique la ominosa cultura política local, será la observación y práctica de todos los días la que les dirá cómo habrán de librar sus batallas en el hemiciclo. Tendrán que escoger si siguen al pie de la letra el texto del refrán, adoptando una conducta similar a las de antaño que hoy les reprocha a diario la población o si se atreven a desarrollar buenas prácticas y mística, individuales o colectivas (como fracción o bancada), desafiando mañas y hábitos deplorables, sean estas del oficialismo o de la oposición de turno.
Un veterano diputado me dijo hace varios años que “el Congreso educa, forma...y doma”. Así me confirmó un neófito y contestatario político cuando concluyó su primera semana como congresista en la cámara: al preguntarle cómo le había ido, se rascó la cabeza, y con cara seria me dijo solícito y sincero: “Cálix: he aprendido más en tres días de sesiones que en varios años en política”.
Hoy, con el Congreso Nacional en la mira de todos, veremos si nuestros nóveles representantes se atreven a desafiar -para bien- el texto de aquel refrán o si optan por “redondear” cuatro años perdidos.