Antiguas culturas hablan de una monstruosa inundación acuática que asedió al planeta, lo cual es poco lógico ya que sus miembros carecían de conceptos siquiera medianos de la anchura del orbe. Sus límites de conocimiento y navegación eran escasos, por lo que apenas si podían utilizar las palabras “diluvio universal”, que comprenden la entera Tierra. Tal es vocabulario contemporáneo.
La versión remota de esa alegoría o metáfora del diluvio radica en el poema asirio sumerio Gilgamesh (rey de Uruk) escrito al 2100 a. C., y que cuatro mil años luego (1962) nos obligaran a estudiar en la capitalina Escuela Superior del Profesorado.
El texto mesopotámico (de los ríos Tigris y Éufrates) relata que Enlil, amo del viento y soberano de dioses, decide destruir a la humanidad por ruidosa. Le aconseja al héroe Utana Pistim construir un barco que llenará con animales y semillas modelos, por lo que cuando cae el diluvio la humanidad perece, excepto Utana y acompañantes. Más tarde, al ver que las aguas bajan, suelta un cuervo que revolotea hasta que el líquido se evapora. Relatos similares hay en tablillas de barro de la bella ciudad sumeria de Ur.
Tras el cautiverio en Babilonia los hebreos copiaron la anécdota mítica para sumarla a su libro Génesis (escrito entre 1491 y 1450 a. C., mucho después que la cultura mesopotámica) asegurando que la dictaba el cielo. En ese primer componente de la Biblia, Jehová enjuicia a la humanidad por su maldad y la castiga anegando “toda la tierra”. Sólo comprenden la sentencia el patriarca Noé y su familia, que entran a un arca (150 m de eslora x 15 m de alto) armada con ciprés (gofer) recubierto con brea junto con parejas de animales escogidos para salvarlos hacia un futuro impredecible pues depende de la voluntad de dios. Los escépticos repetimos siempre la gastada broma del hecho mítico: ¿por qué el bruto Noé embarcó ratones, cucarachas, culebras y moscas? Nos hubiera salvado de ellas por siempre...
Similar hay episodios diluviales entre los pueblos griego, chino (milenio tres a. C., emperador Yao), indio (lluvias del fondo del universo), islámico (en que Nuh es Noé), chibcha, maya, mexica, mapuche, inca, guaraní... Absoluta mitología.
Pero de lo que no vamos a librarnos es de ciertos diluvios contemporáneos: los que receta el cambio climático y los que (de)genera la pobre mentalidad política local. Los primeros advierten desde hace 40 años que si no modificamos nuestra conducta destructora del ambiente pereceremos sin remisión. Sequías, inundaciones catastróficas, terremotos, ciclones, huracanes y epidemias van confirmando la científica predicción, como si un Noé moderno los hubiera embarcado.
La otra peste es la campaña retrógrada y conservadora que pide que un gobierno de ocho meses resuelva crisis de una Honduras de cien años, actitud obviamente partidaria y mal intencionada, que desperdicia sus luces en vez de hacer que contribuyan a clarificar el pasado y el panorama.
Debemos luchar contra estas obcecadas incomprensiones de deterioro mental ideológico, pues si no imperará para siempre la superstición reaccionaria sobre el alma patria, haciendo que la intolerancia triunfe sobre el acuerdo y nos orille hacia la nada y la final derrota.