Columnistas

De este lado de la corrupción

“Papá, todavía no entiendo eso de la ética comercial”, dice el jovencito. -“Ah…, eso no es fácil, hijo. Te pongo un ejemplo. Un cliente pagó por error cien lempiras de más en una compra, hace unos minutos. Aquí viene la ética: ¿lo comparto con el socio, o me quedo con los cien lempiras?”

En plática familiar, un padre dice a su esposa, frente a los chicos: “Ya salí del lío de los impuestos. Pagué buena plata al auditor, pero es mucho menor que los reparos y multas”.

Los padres no sienten que hacen mal, pero los niños ven en ellos a los héroes que deben imitar. Para gran parte de la ciudadanía, por ejemplo, evadir impuestos es un acto de legítima defensa. Estas desorientaciones no son corregidas por la educación, sino reforzadas: corrupción en los propios centros educativos, maestros en revueltas callejeras, injerencia política abierta, disciplinas relajadas, educación machista.

Los adultos no presentimos consecuencias. Esta exposición de niños y jóvenes a prácticas de moral acomodaticia descarrilan la formación del carácter y la moral de niños y de jóvenes. No existen mensajes o ejemplos que “entran por un oído y salen por el otro”. El cerebro lo graba todo, y forma patrones de conducta con mensajes repetitivos, en especial si vienen de los propios modelos que están llamados a imitar. Es en el cerebro donde están las bases neurobiológicas del carácter, la moral y la conducta de las personas.

Cuando llegan a la edad laboral así confundidos, los jóvenes son absorbidos por ambientes de trabajo donde conviven corrupción y legalidad, tan entrelazadas que a veces es difícil diferenciarlas.

Las generaciones del intento democrático han presenciado escandalosas prácticas de corrupción política de ciertos líderes, y han visto sus afanes desesperados de enriquecimiento ilícito. Esos ejemplos han influido en la deformación moral de algunos y algunas en las nuevas generaciones de líderes políticos, empresariales, sociales y gubernamentales.

La vieja práctica social del cambalache ha fortalecido la impunidad, tradicional en nuestro país. Aquí siempre hay alguien que conoce a alguien capaz de sacar a cualquiera de un grave apuro, si median el poder o el dinero suficientes. El cambalache se ha tornado en cultura nacional, que riega como atomizador cierta responsabilidad a toda la sociedad, por más que los corruptos sean los menos.

La pregunta del artículo anterior queda contestada: la mayoría de los hondureños es parte del problema, no de la solución, no porque participe en la corrupción, sino porque su actitud es conformista y pasiva, cuando no tolerante (“Y yo, ¿para qué me voy a meter, si nada va a cambiar?”).

Tampoco ayuda la ilusa creencia de que la ley es la solución, porque la cárcel no es disuasiva, y nuestro sistema judicial atrasa y enreda pero rara vez castiga.

La ley podrá contribuir si al mismo tiempo son combatidos otros factores fuentes de la corrupción, que es necesario conocer para elaborar una estrategia nacional defensiva, donde cada quien haga su parte, desde la formación moral de los hijos.

La lucha es frustrante y desmoralizante para quienes la intentan. La cultura del cambalache induce al conformismo, a la complacencia y a la ignorancia del problema.

Y así, hablamos y hablamos, gritamos y gritamos, y en efecto, nada cambia, porque nada hacemos en concreto, salvo adormecer nuestra conciencia