Columnistas

Curando la tristeza

Me sentía algo mohíno, después de retornar del camposanto. Venía de decir adiós a mi querido mentor y sentía pesado el aire que respiraba, quizás por esa mezcla de sensaciones que produce el duelo por alguien significativo en nuestra vida. Si me hubiera limitado a expresar condolencias, participar de los servicios funerarios y rendir honores al fallecido como uno más, habría sido más sencillo, pero un amigo me convenció de compartir una elegía frente ante los presentes.

Tomado por sorpresa, eché mano de un texto que había improvisado la noche anterior para desahogarme en una red social, y leí éste, insertándole anécdotas. Ya había planeado que esas líneas serían las primeras de una nota para ser publicada en este espacio, pero su uso anticipado las descartaba por completo. Debería destilar mi desazón de otro modo y por eso me sentía mucho más mustio.

Procurando alegrar el corazón, fui a comer. Fue grande mi sorpresa cuando al entrar al local del restaurante elegido me encontré a mi pediatra, el doctor Carlos Rivera Williams (“Cayuyo”).Al saludarle, fue inevitable ocultar mi tristeza y le comenté de dónde venía. Su respuesta me sorprendió: “¿Sabes, Miguel Ángel?

Yo estuve en el velatorio anoche. Con ‘Moncho’ fuimos, además de colegas, entrañables amigos”. “Cayuyo” se refería al doctor Ramón Custodio López, fallecido en la víspera. “Hemos sido tres compañeros, tres amigos de la misma generación, muy unidos: él, Enrique Aguilar Paz (sic.) y yo”.Carlos Rivera Williams tiene noventa y un años de edad. Reconocido docente y miembro del gremio médico, también es una leyenda deportiva.

Seleccionado nacional de balompié y una de las glorias del centenario Club Deportivo Olimpia, me conoce ha mucho, desde que mi madre me llevó en brazos a su consultorio. “Somos de la misma edad, más o menos” agregó -refiriéndose a sus amigos- y nos reuníamos con regularidad, hasta hace poco, que nos hicimos más grandes”, siguió diciendo, mientras reía y hacia un gesto automático de remembranza.“Cayuyo” Williams me hablaba con notoria emoción y simpatía de sus “compadres”, el doctor Enrique Aguilar Cerrato (también llamado “Aguilar Paz”, como su padre don Jesús), otorrinolaringólogo, exministro de Salud y excandidato presidencial; y de Ramón Custodio López, patólogo, histórico defensor de derechos humanos y ombudsman.

Les he conocido a todos, individuos de valor y profunda admiración colectiva. Hace algunos años les entrevisté por separado en mi programa de radio, donde ofrecieron testimonios personales y profesionales de calidad y calidez humanas únicas. No sospeché de su vínculo, obvio por su edad, actividad y por su contemporaneidad, mucho menos de su cercana amistad. Escuchar a “Cayuyo” hablar de esta camaradería de casi un siglo, con hombres de talla excepcional como él, hizo que mi melancolía se atenuara. “Yo te leo, Miguel Ángel, escribe algo sobre nosotros”, dijo él, cariñoso. Y acá estoy, atendiendo “la receta de mi pediatra”, que entendía -como sabio médico- que no habría mejor homenaje y remedio para mi tristeza.