Para muchos lectores hondureños y latinoamericanos, el Super Bowl puede parecer un espectáculo lejano, propio del calendario deportivo estadounidense. Sin embargo, en Estados Unidos cumple una función simbólica similar a la final del Mundial de fútbol en nuestra región: un ritual nacional, familiar y generacional. Millones de hogares —con niños presentes— comparten una experiencia común. Nada de lo que ocurre allí es inocuo. Todo comunica.
Por eso generó tanta controversia la decisión de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL) de aprobar un espectáculo de medio tiempo basado en el repertorio de Bad Bunny, y presentarlo, además, como una supuesta “celebración de la cultura latina”.
No lo fue.
El centro de la controversia no fue el español, sino el contenido de las letras. Cuando las traducciones al inglés de las canciones comenzaron a circular masivamente, muchos padres estadounidenses y latinoamericanos entendieron por primera vez lo que millones de espectadores escucharon en vivo: versos centrados en actos sexuales explícitos, referencias persistentes a la cosificación de la mujer, alusiones al consumo de drogas y descripciones de relaciones donde el respeto queda subordinado al deseo y al uso.
En un evento familiar seguido por niños que aún luchan por definir valores normativos y referencias morales, esa transmisión de contenido no fue accidental. Fue deliberada. Y para muchos padres se convirtió en un motivo de alarma, no por rechazo al español, sino por comprender tarde lo que sus hijos estaban escuchando.
Esto no fue un malentendido lingüístico. Fue una falla de criterio. Y se agravó cuando comentaristas, celebridades y medios presentaron ese contenido como representativo de “la cultura latina”.
América Latina no necesita que las élites culturales de Hollywood o de la industria musical estadounidense le expliquen quién es. Nuestra identidad no nació en alfombras rojas ni en ceremonias donde cualquier transgresión se aplaude si encaja con la ideología correcta.
La cultura latinoamericana —de Centroamérica al Cono Sur— se ha construido sobre pilares claros: familia, fe, respeto intergeneracional, dignidad femenina y centralidad de la infancia. La sensualidad ha existido siempre en nuestra música, pero no como sinónimo de degradación.
Reducir una civilización compleja a la vulgaridad rentable de un solo artista no es inclusión. Es caricatura.
Este episodio revela una fractura profunda entre élites culturales autoproclamadas “progresistas” y familias reales —latinas y no latinas— que valoran límites, responsabilidad y respeto.
Las élites culturales han olvidado algo elemental: la cultura existe para transmitir valores entre generaciones. Hoy se la concibe como vehículo de impulsos, identidades efímeras y consumo sin consecuencias. Eso no es progreso. Es decadencia.
El Super Bowl es el “Mundial” cultural de Estados Unidos. Lo que allí se legitima se exporta. Precisamente por eso, muchos padres han dicho basta.
No en nuestro nombre. No en nombre de nuestras familias. No en nombre de una cultura que vale más que su caricatura.