Manos amigas me hicieron llegar un interesante trabajo del escritor español César García Muñoz, profesor en la Universidad Pública del Estado de Washington, el trabajo se denomina “La enfermedad del clientelismo es corrupción”.
El tema relacionado con el clientelismo político ha estado en los principales hechos que han tenido que ver con la integración del nuevo gobierno, en la toma de instalaciones públicas por parte de grupos de activistas del partido gobernante, cuyo propósito es ejercer presión para una colocación en la administración. Algunos de estos grupos han sido instrumentalizados por diputados para que sus parciales sean ubicados en puestos claves de la administración gubernamental.
Los diputados, dado el sistema clientelar de la política hondureña, se dan cuenta de que tener ubicados en la administración pública a activistas es tener garantizada su reelección, en tanto estos se convertirán en el próximo proceso electoral en sus principales promotores para su reelección.
El tema no es nuevo, en el siglo pasado en los gobiernos nacionalistas se constituyeron grupos de choque denominados “Mancha brava”. Estos grupos fueron utilizados en contra de los gremios del país, cuando estos exigían mejores condiciones de vida y de trabajo. Los mismos actuaban a la sombra de los gobiernos y se nutrían de la empleomanía gubernamental o de partidas especiales de algunas secretarías de Estado que erogaban recursos destinados a su sostenimiento.
Para García Muñoz, este problema se da con frágiles mecanismos democráticos en América Latina y es que, según Muñoz, el individuo sin capital social no le queda más remedio que conectarse a las redes corruptas de influencia para buscar atajos y superar la pobreza, a esto hay que agregarle el desempleo galopante en las economías de estos países, que empujan a grandes contingentes humanos a ver en el Estado la única fuente de empleo.
El clientelismo político es la respuesta a la persistencia de tradicionales estructuras sociales jerárquicas que alienan y humillan al individuo. La cruda naturaleza de la desigualdad social se expresa con el dicho que, en una sociedad como la nuestra, no es lo que uno sabe, sino a quién conoce lo que determina una colocación en un puesto laboral en el gobierno. Todo lo que los partidos financian es con el dinero de los ciudadanos y es la piedra angular del clientelismo.
El presupuesto mismo de la nación supone la satisfacción del clientelismo, cada gobierno que llega al poder destina una partida orientada a colocar a sus simpatizantes y a otorgar las prestaciones sociales a los empleados del gobierno anterior para colocar a sus activistas en puestos laborales públicos. En esa perversa relación de compraventa de voluntades, con recursos públicos, se fundamenta el accionar político de líderes corruptos.
Por eso, en muchos países de América Latina no existe la carrera administrativa, lo cual garantizaría la inamovilidad de la burocracia estatal, eso sería cerrar el espacio al clientelismo político y, en consecuencia, hacerle un vacío a las lealtades a los dueños de los partidos.