China apuesta fuerte por América Latina

La segunda potencia mundial ve en América Latina una gran oportunidad para ampliar su influencia y aprovechar la coyuntura creada por Estados Unidos, que parece abandonar su papel histórico como el país con mayor presencia en la región.

  • Actualizado: 16 de mayo de 2025 a las 00:00

Desde que China transformó su socialismo para inyectar y desarrollar la economía en las últimas dos décadas del siglo XX, no ha dejado de crecer y, en la medida en que se ha convertido en la segunda potencia mundial, ha escalado en la expansión de su influencia geopolítica de manera global, enfocada ahora en la región de América Latina, antes campo casi exclusivo de Estados Unidos.

No es poca cosa para Beijing poner los ojos en la región latinoamericana, que tiene múltiples atractivos: le brinda acceso a recursos naturales estratégicos; es mercado interesante para el comercio –en las dos direcciones–; le permite ampliar sus relaciones diplomáticas y con ello promueve el aislamiento de Taiwán; mejora su influencia política en organismos multilaterales; y promueve desarrollo invirtiendo en áreas sensibles que luego le beneficiarán, como infraestructura portuaria, ferrocarril y carreteras.

Es claro que China actúa con una lógica de seducción, lo cual ha permitido tener mayor empatía. Todo eso lo ha venido haciendo lenta pero constantemente a lo largo del siglo XXI, con bloques como el Foro CELAC–China, el BRICS, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO) y el diálogo creciente entre Mercosur y China, que ya ha provocado acuerdos de libre comercio.

Todas esas herramientas, impulsadas estratégicamente por el régimen de Xi Jinping, estaban en marcha y avanzaban lentamente como una especie de “efecto dominó” –en el que las piezas caen una tras otra–. Sin embargo, las condiciones han cambiado. Ahora hay un viento muy favorable para China, pues el tradicional “padrino” de la región, Estados Unidos, ha modificado sustancialmente su estrategia para América Latina.

La política comercial de Donald Trump ha convertido a Estados Unidos en un país proteccionista y más cerrado. Ha terminado con los programas de cooperación para el desarrollo y, en sus prioridades geopolíticas, Latinoamérica no aparece en su agenda más que en materia de seguridad propia –migración, narcotráfico y control del Canal de Panamá–, aunque sigue siendo el “socio comercial” más importante para muchos de los países del área.

La visión de Xi Jinping claramente es ambiciosa. Quiere hacer de China una nación fuerte, autosuficiente, influyente, disciplinada, líder en tecnología, con voz fuerte en el plano internacional, bajo un régimen autoritario, pero eficaz frente al modelo liberal de Occidente.

No hay que olvidar que la pretensión de China sobre Taiwán sigue siendo la reunificación y, en eso, también ha ganado adeptos en Latinoamérica, toda vez que solamente tres países –Paraguay, Guatemala y Belice– mantienen relaciones exclusivas con Taipei. Mientras en la última semana Trump visitó los países del Golfo Pérsico y cerró para Estados Unidos inversiones árabes por US 400,000 mil millones, China abrió líneas de crédito para América Latina por US 10,000 millones, dos acciones que reflejan el interés de uno y otro.

Mientras la tarea de Washington y Trump se ha convertido en atraer inversión, Beijing y Xi Jinping apuestan por medio del BRI a construir en Sudamérica una red global de infraestructura, comercio y conectividad, lo que facilitará en el futuro sus propias inversiones, pero también el desarrollo de los países beneficiados.

China ha sabido aprovechar el momento. Mientras Trump creaba un auténtico caos en todo el mundo por la guerra de aranceles –aún confusa–, Xi Jinping mantiene su política y extiende los tentáculos tanto como pueda, pues sabe que el momento es inmejorable y que América Latina es terreno fértil para avanzar en su expansionismo.

En el pasado, Estados Unidos ganó con miel o con hiel la fidelidad de su “patio trasero”, pero no había competencia ni limitaciones. Así fue como impuso sus pretensiones en los siglos XIX y XX al invadir México, Nicaragua, Cuba (dos veces), Puerto Rico, República Dominicana (dos veces), Haití (dos veces), Panamá (dos veces) y Granada, o intervenir en Guatemala y Chile para remover gobiernos.

Las condiciones han cambiado sustancialmente. Antes, solamente estaba la presencia estadounidense y en segundo plano la de Europa occidental. China ha irrumpido con fuerza extraordinaria y de forma amistosa. Es un jugador tan fuerte como Estados Unidos, pero con una estrategia más enfocada en aquella “buena vecindad” que un día pregonó Washington, aunque nunca se mantuvo constante.

En el ambiente quedan muchas dudas que involucran a Estados Unidos, China y Latinoamérica: ¿Quién ganará la guerra comercial? ¿Quién es mejor estratega, Trump o Xi? ¿Qué rumbo tomará América Latina? ¿Sobrevivirá Taiwán o se volverá parte de China continental? Algunas de las respuestas se podrán responder relativamente pronto, pero la mayoría de ellas se irán aclarando a mediano o largo plazo. Lo que es un hecho, es que, en este momento, China tiene las puertas abiertas para avanzar en la región.

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