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Auge y ¿caída? del populismo

El amanecer del año 2000 pareció ofrecer oportunidades de rectificación y progresos en la política de América Latina. Diez años después de caído el muro de Berlín, la región ya no era patio de maniobras de la guerra fría, que tanto había contaminado y mal encaminado las luchas políticas internas de los países. Una época de tolerancias ideológicas y convergencias políticas, en la búsqueda común del desarrollo, parecía por fin posible.

Era además el turno de las izquierdas, que ya podrían validar sus derechos al ejercicio democrático. Sin embargo, tales esperanzas siguen pendientes. Entre 1998 y 2011 fueron elegidos en comicios democráticos 18 gobiernos de supuesta izquierda. Hoy quedan unos siete en el poder, incluido el de Ecuador, que ganó las elecciones del domingo pasado por una estrecha mayoría. Pero las derechas que han sucedido a esos once gobiernos tampoco han hecho mejor las cosas.

La realidad parece trascender las diferencias de izquierda y derecha. ¿Cómo es que, justamente, cuando el clima político interno y externo favorecía soluciones negociadas y concertadas en democracia, la oportunidad ha sido extraviada? Los partidos no han actualizado sus doctrinas ni sus prácticas. En el caso de nuestro país, una visión local, ciega a la naturaleza del mundo actual, impide que líderes y partidos abandonen su pasado mañoso e ineficiente.

Ese vacío de la tradición está siendo llenado por el populismo, una fuerza no doctrinaria, caudillista, atractiva, audaz y oportunista, que brotando de la izquierda o de la derecha, o de la calle, conduce la vieja política con discursos de aspecto renovador. Y el campo donde se encuentran los populismos de derecha e izquierda es el de la economía y el reparto de la riqueza. Los populistas de la derecha buscan poder y riqueza sin modificar las estructuras existentes. Los de la izquierda no buscan repartir la riqueza entre los que no tienen, sino administrarla, a cambio de dádivas y subsidios paternalistas a las mayorías. Ninguno pretende dotar a la gente para que se haga cargo de su futuro.

El mensaje populista rara vez se dirige tanto contra la pobreza (aunque ofrece proteger a los más débiles, sin decir cómo) o contra la desigualdad social, porque quiere aliviarlas a cambio de votos, no eliminarlas. Su oportunidad llega con las crisis masivas, económicas o de gobernabilidad. No es, pues, una doctrina ideológica ni una estrategia política, sino un recurso para llegar al poder y quedarse con él.

Siendo tan antiguo como la política, es parte del espectro social latente mientras no hay grandes crisis, vigoroso cuando brota su momento.

Durante nuestro período democrático (últimos 40 años), grupos cansados de la tradición se organizaron en partidos políticos, que todavía hoy representan dudosas opciones de poder porque no han evitado el contagio de las prácticas mañosas de los partidos tradicionales.

Quizás se deba revalorar esa experiencia. Se ha considerado, como saber político generalizado, que los dos partidos históricos ya son obsoletos, incapaces de conducir al país hacia el desarrollo. Si así es, ¿por qué han fracasado por completo los intentos de reemplazo? ¿No será que fallan los líderes, no los partidos?

Quizás las oportunidades están abiertas para los jóvenes liberales y nacionalistas. Y quizás la renovación de los dos partidos provocaría la reforma de los demás para buscar el poder con energía, actualidad e integridad.

De todas formas, 40 años de intentos fracasados evidencian que, en esas dos generaciones, los elementos más tradicionalistas ya habrán salido o están saliendo de la escena política.

La reforma política del país es su más importante y urgente apremio. No mejorará su economía, ni saldrá de sus penosos atrasos, hasta que los partidos abandonen la tradición, la derecha actualice su conservadurismo, la izquierda se reconstruya para competir en democracia y asumir los compromisos consecuentes. De esta manera, un rumbo básico, un destino común podrían ser concertados entre los liderazgos. Un esfuerzo tal haría de la política un ejercicio profesional, responsable, sin los oportunismos que hoy tienen en graves problemas a Europa y al continente americano.

*Analista