El orden basado en el libre mercado y la superioridad de la democracia liberal han fracasado. Su fracaso no está determinado por el ascenso de China, Rusia y otros países que ahora emergen como potencias de primer orden, poniendo fin a la unipolaridad de Estados Unidos.
El fin de la hegemonía estadounidense se explica por el fracaso de un sistema económico basado en la ganancia sin límites, esto ha provocado que miles de empresas norteamericanas y de Europa se hayan trasladado a otros países que tienen ventajas comparativas excepcionales.
Esa dinámica del desarrollo, hoy en día, parece irreversible, por más que la administración de Donald Trump quiera que “Estados Unidos vuelva ser grande otra vez” y, para lograrlo, establezca una política arancelaria, que por ahora ha sido un rotundo fracaso, cuyos resultados han derivado en aumento de la inflación, desempleo, escasez de productos y un déficit comercial incontrolable.
Ante la debacle económica de la que fuera hasta hace poco una potencia de primer orden, los aranceles han terminado como arma de guerra y de chantaje, estableciendo unos aranceles elevados a los que Trump percibe como sus mayores competidores; con amenazas por el control de los recursos y de los mercados, que, en este caso, es China y algunos países de América Latina como Brasil y México.
La Corte Suprema de los Estados Unidos estableció que el Congreso, no el presidente, tiene la facultad de imponer aranceles. No hay nada en la ley en la que el presidente haya basado sus cargas tributarias.
Trump, ante la intervención del Tribunal Supremo, afirmó en un tono muy irritado e inusual en las relaciones entre los poderes de la Corte Suprema de Justicia y el Ejecutivo, estar “absolutamente avergonzado” de algunos jueces que fallaron en su contra, a quienes calificó de “desleales a nuestra Constitución y de “lacayos”.
Después de esto, aprobó una nueva resolución en la cual elevará, bajo otros argumentos legales, los aranceles a las importaciones globales del 10% al 15%, cuestión que solo puede hacerlo por el término de 150 días, quedando la interrogante acerca de lo que pasará una vez vencido el plazo. “Su decisión es incorrecta”, reconoció, “pero no importa porque tenemos alternativas muy poderosas”.
Estados Unidos, bajo el mandato de Trump, libra una guerra híbrida contra los países latinoamericanos, donde combina bloqueos marítimos para impedir la entrada de combustible -caso Cuba-, secuestros como fue el del presidente Nicolás Maduro -caso Venezuela-, intervenciones directas en procesos electorales -casos Argentina y Honduras- y una política migratoria, con tintes xenofóbicos.
Estamos viviendo una especie de orden del caos, donde lo único seguro es la incertidumbre. En este panorama, las estructuras que antes guiaban la economía mundial han perdido solidez y previsibilidad. El intento de restaurar la hegemonía estadounidense mediante políticas arancelarias y medidas de fuerza, lejos de devolver la estabilidad, ha incrementado la volatilidad y las tensiones globales.