En la aldea había varios caseríos y era la única que tenía la escuela primaria completa, los demás centros de educación apenas se impartían clases hasta tercer grado y esto que es un lugar situado a unos 20 kilómetros de la capital. Al no haber transporte vehicular, venir a Tegucigalpa tenía que hacerse a lomo de mula o a pie, en un camino de herradura de difícil acceso.
En aquellas condiciones nadie podía venir a los centros de estudio de la ciudad. El personal docente que laboraba en aquellas escuelas, forzosamente, vivía en las comunidades y, por lo general, las escuelas estaban dotadas de espacio que servía de vivienda para el personal asignado. El sacerdote, que visitaba la aldea una vez al año en las festividades del santo patrón, y el profesor eran los líderes más reconocidos y queridos por la población.
Desde mi caserío natal, trasladándome a la aldea de San José de Soroguara, participé en las celebraciones del 15 de septiembre cuando todavía era un alumno de primer grado. Eran celebraciones sencillas, pero con una gran devoción y respeto por los símbolos. Los padres de familia sentían un gran compromiso con los hijos; en medio de la pobreza, los niños por única vez en el año tenían la posibilidad estrenar. Tengo muy presente aquellos pantalones de tirantes, mezclilla y color azul que esparcían un olor fuerte; todavía, cada vez que tengo cerca una tela de ese tipo, viene a mi memoria cuando mi padre con grandes esfuerzos nos compraba un pantalón como el descrito para ir a la aldea al cumpleaños de la Patria.
En la escuela, las paredes se cubrían de fotos de los héroes y de los símbolos como el Escudo, la Bandera y el mapa. No faltaban las declamaciones de los niños y la participación de los profesores explicando los motivos del acto. Finalizado el evento, los organizadores nos repartían una bolsita de colmenas, que era la delicia de todos los niños.
Por circunstancias sociales, poco a poco, toda la familia se trasladó a Tegucigalpa. Las celebraciones del 15 de septiembre en la capital tenían otra forma de expresarse. Eran desfiles vistosos y con una participación masiva. Yo, en mi adolescencia, era un expectante de aquello. Los desfiles dejaron en mí una grata impresión y sin proponérmelo me presentaron retos para la vida. Una pregunta empezó a girar en mi mente, ¿y si esos jóvenes pueden desfilar mostrando tanta reverencia a la Patria, por qué yo no lo puedo hacer? En medio de las dificultades empecé a trabajar y estudiar, una tarea que pude combinar con mi condición de dirigente estudiantil, que rápido desarrollé, movido por las reflexiones en una sociedad de mucha injusticia. En Tegucigalpa ya se empezaba a notar una mayor diferenciación social.
En aquella historia de vida particular aprendí a respetar una sola Bandera, un solo Escudo y un mapa, que me ubicaba el lugar donde nací. Ahora hay corrientes del pensamiento desde el globalismo que aguijonean el sentido de patria, promoviendo una idea de centro hegemónico mundial o estimulando identidades y conceptos de diferente tipo, que al final terminan dividiendo a las naciones.