Los viajes exploratorios colombinos fueron resultado del intento de la Corona Española por llegar a India y las islas de la Especiería, en búsqueda de una ruta distinta a la acaparada por Portugal bordeando la costa occidental africana, que le permitió acceder al lucrativo comercio de esclavos, oro, marfil, pimienta, canela, llegar al Cabo de Buena Esperanza en el extremo austral y entrar al Océano Índico.
Navegar por el Atlántico en dirección oeste fue la opción del marino italiano al servicio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.Ambas naciones ibéricas, liberadas de la centenaria dominación árabe, iniciaban la transición del feudalismo al capitalismo.
Zarpando del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, llegó a las Bahamas el 12 de octubre. El largo e incierto viaje fue favorecido por adelantos técnicos: el compás y el astrolabio, facilitado por contar con tripulaciones experimentadas y vientos favorables. Fue una de las grandes hazañas náuticas en la historia de la navegación.
Realizó tres viajes adicionales, entre 1493 y 1504. Con ellos se inició la expansión de los imperios europeos en un continente hasta entonces desconocido, el sometimiento y explotación de los pueblos originarios, los primeros pobladores del Hemisferio Occidental. Los amerindios, viviendo durante miles de años en aislamiento respecto a pueblos extracontinentales, gradualmente colonizaron desde Alaska a Chile, desarrollando culturas de diversos estadios: desde el nomadismo hasta el sedentarismo, practicando desde la caza hasta la agricultura del maíz y la papa.
El más grande descenso demográfico de la historia mundial, la explotación del recurso humano, el despojo de sus tierras, su conversión de hombres y mujeres libres al vasallaje y esclavitud fueron otras consecuencias en los siglos posteriores al “descubrimiento”, al igual que la imposición de ideologías racistas, justificativas del nuevo orden.
Para nuestros ancestros y contemporáneos indios, la “interminable conquista” prosigue imparable, más allá de la ruptura del vínculo colonial con las metrópolis del Viejo Mundo, en nombre del “orden y progreso”, de la “civilización”.
Veamos: emisión de leyes contra la vagancia en Guatemala y El Salvador, que actualizaron el repartimiento colonial, masacres de pueblos y la práctica de “tierra arrasada” de la contrainsurgencia guatemalteca en las décadas de los novecientos setentas y ochentas del pasado siglo, esterilización forzada de mujeres en Perú bajo Fujimori; la “conquista del desierto” en Argentina, replicando lo ocurrido en Estados Unidos; la usurpación de bosques y aguas en la Amazonía brasileña y colombiana, al igual que en el sur chileno; asesinato de ambientalistas y defensores ecologistas indígenas y garífunas en Honduras para favorecer proyectos hidroeléctricos privados y adquirir sitios de gran potencial turístico, supresión de tierras ejidales indígenas en el México del Porfiriato. Apenas algunos ejemplos del drama existencial experimentado por los indígenas americanos desde aquel 12 de octubre de 1492.