Aunque no se mencione, es tan o más importante que las otras reformas electorales requeridas: elecciones de diputados en fecha distinta de las elecciones presidenciales y municipales. Porque ya no es aceptable que la ciudadanía continúe resignándose a que sus mandatarios sean elegidos por el arrastre de una candidatura presidencial.
Elegir presidente, diputados y alcaldes el mismo día vuelve tres decisiones diferentes en una sola gran competencia partidaria, en donde el presidencialismo impuesto en nuestra democracia eclipsa a los aspirantes a representar al pueblo en el Congreso Nacional. Los tres poderes del Estado tienen competencias distintas y responden a lógicas democráticas disímiles.
El presidente gobierna; los diputados legislan, representan y controlan. Añoramos una separación de poderes. Esta sería la vía: lograr que la voluntad popular que integra cada poder lo haga en mayor libertad. La elección legislativa separada comprometería a los partidos políticos y a los mismos diputados a prometer y cumplir sus promesas; tendrían que formarse mejor para aspirar y explicar qué harían con el poder.
Tendrían que conquistar el voto por su trayectoria, capacidad, propuestas, carácter y compromiso con el interés nacional. El ciudadano evaluaría por separado quién debe conducir el Ejecutivo y quién debe ejercer control sobre el Ejecutivo. Podría votar por un presidente y elegir un Congreso según sus expectativas. No sería ingobernabilidad: sería democracia.
Un Congreso independiente no puede ser una sucursal del Ejecutivo ni una oposición absurda. Debe ser contrapeso responsable: defender los intereses de los hondureños, rechazar los abusos y fiscalizar el poder. El que sea. Claro que esta reforma implicaría costos y mayor logística. Pero la inversión de una elección adicional es nada ante el costo de un potencial Congreso débil, sometido o elegido por arrastre electoral. Necesitamos votar mejor. La elección separada nos lo permitiría.