Estando en misa, escuché a un sacerdote hablar durante el sermón sobre aquellos tiempos en que nuestro Señor Jesucristo nació, cuando los tiranos como Herodes gobernaban y perseguían incluso a niños inocentes como aquel que nació en un pesebre. Por lo que un ángel le advierte a José sobre el peligro que corrían Jesús y María y le pide que huyan a Egipto. Los tiranos pueden ser descritos de diferentes maneras. Como sinónimos tenemos: déspota: Persona que gobierna o ejerce autoridad de manera absoluta sin someterse a ninguna ley. Dictador: Gobernante que asume todos los poderes de manera autoritaria. Autócrata: Aquel que gobierna por sí mismo, con poder irrestricto y sin rendir cuentas a nadie. Autoritario: que abusa de su autoridad o impone su voluntad de forma tajante. Cacique: Líder o gobernante que ejerce un poder abusivo. Para aquellos que hemos seguido de cerca la historia política de nuestro país podemos concluir que en Honduras, en tiempos modernos, ningún presidente del Poder Legislativo cometió tantos abusos de poder para congraciarse con algún influyente personaje que, en el Poder Ejecutivo, era el poder tras el trono. Cometió el mismo error que los tiranos que, en diferentes momentos, culturas y naciones del mundo, cometieron: creer que el poder perdura para siempre.
El exdiputado Luis Redondo nos demuestra que no son las instituciones políticas, independientemente de su ideología política, las que actúan al margen de la ley, sino las personas naturales, a quienes el poder los marea y los convierte en caricaturas de pequeños tiranos. Para que, al final, les toque, tarde o temprano, rendir cuentas ante la nación, la sociedad y el altar de la patria que les dio la oportunidad de servir a los demás y, en lugar de eso, abusaron del poder efímero que un día ostentaron.