No hay amor más sincero que el amor a la comida, dice una conocida frase. Y es verdad. Los hondureños que por una u otra razón han viajado al exterior por largas temporadas, ni digamos los que empiezan una vida en otro país, podrán dar fe de que casi nada se extraña tanto como la comida. Esos olores y sabores, que son únicos, se añoran con profunda nostalgia. Y es que el recuerdo de la comida con la que crecimos nos acompaña toda la vida, se queda impregnado en nuestros sentidos. Se podrán olvidar muchas cosas, como aquellos que después de cierto tiempo en Estados Unidos olvidan hasta el español, pero esos frijolitos fritos, el chicharrón, las tortillas de harina o maíz recién hechas, el queso seco, la mantequilla crema, una buena sopa de mondongo o de res, los nacatamales... ¡esos no se olvidan nunca!
Y en esta Semana Santa lo que más añoro es esa sopa de tortas de pescado seco, las ciruelas o el ayote en miel y el pan de torta que hacían en casa de mis abuelos con huevos de amor.
He viajado por varios países y en ninguno he hallado el sabor de esa cocina catracha que se fue grabando en mis papilas gustativas desde mi tierna infancia y que lejos de mi tierra daría no sé qué por volver a saborear. Hay quienes dicen que los hondureños no tenemos identidad, que somos aculturizados, pero no hay nada que nos haga sentir más identificados con nuestra tierra que la comida, allí no influencias foráneas que valgan, el amor a la comida hondureña es genuino, profundo y trascendente. Por eso ese mercado nostálgico que cada día crece más en el extranjero y que está presente allí donde está la comunidad hondureña.