Si ella fuera hombre, su esfuerzo sería un derecho, pero como es mujer, su empleo es un favor que a veces se intenta cobrar a un precio muy alto: su dignidad. Este intercambio implícito: trabajo por tolerancia a la discriminación o al abuso, constituye una violación a los derechos humanos y laborales de las mujeres.
Es momento de abrir la puerta, encender la luz y sacar al elefante...Es momento de nombrar lo que durante años se ha silenciado y reconocer que estas desigualdades son evitables.
La justicia y el reconocimiento de los derechos de las mujeres no es una aspiración lejana, es la deuda urgente de un país que ya no puede permitirse seguir ignorando el valor de la mitad de su población. Cerrar estas brechas no solo es una obligación ética, sino una estrategia inteligente para mejorar la productividad, la innovación y la cohesión social.
El club de Toby, lo crea o no, sigue existiendo en cada institución... a veces de forma explícita, otras, de manera más sutil, pero siempre operando como un mecanismo de exclusión que limita el acceso de las mujeres a espacios de decisión, liderazgo y crecimiento profesional.
Que, para las mujeres de Honduras, sea pronta y efectiva la consigna del presidente: ¡Honduras, vamos a estar bien! Esto implica avanzar hacia políticas de igualdad salarial, sistemas de cuidado accesibles, mecanismos efectivos de denuncia y sanción del acoso y una transformación cultural que reconozca a las mujeres no solo como beneficiarias, sino como titulares de derechos; plenas y dignas.
Porque mientras el “impuesto por ser mujer” siga vigente, el desarrollo del país seguirá incompleto. Porque es una deuda, no sólo con las mujeres; si no, con el futuro de Honduras. Señor presidente: ¡las mujeres anhelamos estar bien!