En la política hondureña contemporánea, la modestia presidencial ya no se construye únicamente con palabras, sino con imágenes cuidadosamente seleccionadas. El presidente aparece comprando pollo en una franquicia reconocida, saludando a todo el mundo, caminando sin corbata, estrechando manos como cualquier ciudadano común.
A primera vista, estas escenas pretenden transmitir cercanía, sencillez y humildad. Sin embargo, vistas con mayor atención, revelan una estrategia conocida: la falsa modestia escenificada. No se trata de cuestionar que un mandatario pueda convivir con la población o realizar actividades cotidianas.
El problema surge cuando estos actos se convierten en una narrativa política permanente, diseñada para sustituir el debate serio sobre el ejercicio del poder. La cámara no está allí por casualidad. La compra del pollo no es espontánea. El saludo constante no es inocente. Todo forma parte de una construcción simbólica que busca reforzar la idea de un gobernante “igual al pueblo”, aunque sus decisiones y prácticas reflejen otra realidad.
Esta forma de falsa modestia cumple una función política clara: desarmar la crítica. ¿Cómo cuestionar a quien se presenta como sencillo, cercano y humilde? ¿Cómo exigir cuentas a quien aparece como uno más entre la gente? El gesto cotidiano se convierte así en un escudo moral frente a señalamientos legítimos sobre gestión pública, institucionalidad o concentración de poder.
Además, este tipo de representación confunde deliberadamente lo personal con lo público. Gobernar un país no es una extensión de la vida cotidiana, sino un acto de responsabilidad constitucional. La verdadera modestia en el poder no se mide por cuántas veces un presidente va al mercado, sino por cuánto respeta los límites de su cargo, la independencia de las instituciones y el derecho ciudadano a fiscalizarlo.
La puesta en escena del “presidente sencillo” también corre el riesgo de banalizar la política. La imagen sustituye al contenido. El gesto desplaza a la política pública. El saludo reemplaza a la rendición de cuentas. Así, el poder se vuelve una cuestión de percepción, no de resultados.