En este país hay quienes construyen altares sin ladrillos, levantan santos sin milagros y predican salvación con los bolsillos ajenos. Son arquitectos de la esperanza, especialistas en decorar ruinas y expertos en convertir una promesa electoral en una obra de arte... aunque sea de cartón. El altar luce precioso desde lejos. Tiene flores, luces, discursos y hasta guardianes que se ofenden cuando alguien pregunta por los milagros. Lo único que no tiene es fundamento. Pero ¿quién necesita cimientos cuando se dispone de una buena campaña publicitaria? Aquí la política tiene algo de religión: hay creyentes que aplauden sin preguntar, predicadores que prometen sin ruborizarse y fieles que defienden al santo incluso cuando la nevera está vacía. Si el pan no alcanza, se recomienda tener fe. Si el empleo no aparece, se invita a esperar. Y si las promesas se incumplen, siempre habrá algún devoto dispuesto a explicar que la culpa es del gobierno anterior, del clima, de la oposición o de cualquier desgracia que no tenga oficina en el palacio presidencial. ¡Qué extraordinaria capacidad para gobernar con excusas! Mientras tanto, el ciudadano común continúa practicando su propia teología: multiplica el salario para que alcance la quincena, convierte las deudas en patrimonio familiar y aprende a distinguir entre el precio de la canasta básica y el precio de sus propios sueños. Los discursos hablan de transformación, pero el pueblo sigue transformándose en malabarista financiero. Las autoridades anuncian grandes horizontes, mientras miles de familias apenas pueden ver más allá del recibo de la energía eléctrica. Y cuidado con cuestionar. Enseguida aparecen los sacristanes del poder, esos devotos que confunden la crítica con la herejía y la obediencia con el patriotismo. Para ellos, el buen ciudadano no es quien exige resultados, sino quien aplaude mientras espera. Pero hay una pequeña dificultad con los altares de cartón: no resisten la lluvia. Y en política, la lluvia tiene muchos nombres: desempleo, pobreza, corrupción, hospitales sin respuestas y promesas que envejecen antes de cumplirse.
Altar de cartón
Para ellos, el buen ciudadano no es quien exige resultados, sino quien aplaude mientras espera
- Actualizado: 30 de octubre de 2026 a las 00:00
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