Quiero enviarle un saludo y mi reconocimiento a todas las madres que entendieron el rol que Dios les dio, porque se consagran haciendo el bien todos los días de su vida, porque se olvidaron de ellas mismas para dedicarse con abnegación y con amor a su familia, porque pueden llegar hasta el sufrimiento cuando algo les falta a sus hijos, porque pueden caminar kilómetros para llevarles el pan a la mesa, porque lloran en silencio para no inquietarlos, porque son capaces de renunciar a cualquier cosa que les quite la paz a sus hijos, no importa que tan doloroso sea para ellas; porque aun solas, con un esfuerzo supremo que solamente ellas saben, forman hombres y mujeres de gran valor, porque defienden las causas con justicia, porque hablan con sabiduría, porque a través de la mirada y la voz de sus hijos saben si están bien, si están tristes o presagian que algo les sucede, no importa su edad -ellos siempre son sus hijos- porque una sonrisa, un abrazo, una buena noticia les ilumina la vida; o en su defecto una enfermedad, un fracaso, una meta que no pudieron alcanzar, se duelen juntamente, quizá muchas veces sea más fuerte su dolor.
El amor hacia nuestros hijos es casi perfecto, me atrevería a decir el más parecido al amor de Dios, nos hace valientes, emprendedores, genuinos, capaces de resistir hasta a la muerte.
Por estas y muchas razones más, hoy les deseo bendiciones y las llamo ¡madres bienaventuradas!