Trump lanza ataque a Irán sin amenaza inmediata, buscando cambio de régimen

El presidente Trump ordenó un ataque aéreo a Irán pese a no existir amenaza inminente, apostando a un levantamiento popular para derrocar al gobierno

  • Actualizado: 05 de marzo de 2026 a las 14:46
Trump lanza ataque a Irán sin amenaza inmediata, buscando cambio de régimen

Por David E. Sanger/ The New York Times

No existía una amenaza inmediata por parte de Irán. Pero el presidente vio la oportunidad de llevar al límite a un gobierno debilitado, y apuesta por desencadenar un levantamiento popular.

Con su amplio ataque a Irán la madrugada del sábado y su llamamiento al pueblo iraní para que derroque a su gobierno, el presidente Donald Trump se ha embarcado en la muestra fundamental de guerra de elección.

No lo impulsó una amenaza inmediata. No había una carrera por evitar una bomba. Irán hoy está más lejos de ser capaz de construir un arma nuclear de lo que lo ha estado en varios años, en gran medida gracias al éxito del ataque anterior del presidente contra las instalaciones de enriquecimiento nuclear iraníes, en junio.

Aunque Trump afirmaba que el objetivo final de Teherán era alcanzar a Estados Unidos con su arsenal de misiles, incluso su propia Agencia de Inteligencia de Defensa concluyó el año pasado que pasaría una década antes de que Irán pudiera superar los obstáculos tecnológicos y de producción para fabricar un arsenal significativo.

Y no había indicios de un próximo ataque iraní contra Estados Unidos, sus aliados o sus bases en la región. En cambio, Trump golpeó a la república islámica principalmente porque, al parecer, percibió un notable momento de debilidad del gobierno, y una oportunidad para que Estados Unidos derrocara al ayatolá Alí Jamení y al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica después de 47 años de enfrentamientos episódicos, que describió ampliamente en un video de ocho minutos.

Funcionarios de seguridad israelíes inspeccionan el lugar donde se produjo un ataque con misiles iraníes en Tel Aviv, Israel, como parte de la represalia de Teherán por los ataques aéreos coordinados entre Estados Unidos e Israel contra Irán.

Pero, a diferencia de presidentes anteriores que pusieron en peligro a las fuerzas estadounidenses —y, en la era del terrorismo y los ciberataques, quizá también a la población civil—, Trump no dedicó meses a justificar la guerra. Nunca presentó pruebas de una amenaza inminente, ni respondió a la pregunta de por qué un programa nuclear que afirmaba haber “aniquilado” hace ocho meses estaba ahora a punto de resurgir.

Su video pregrabado, difundido en plena noche cuando los misiles empezaban a explotar en Teherán, enumeraba una lista de agravios de larga data contra Irán, incluido su brutal uso del terror. Pero nunca explicó por qué, en el panteón de amenazas que enfrenta Estados Unidos, incluida una Corea del Norte ya con armas nucleares y los crecientes arsenales nucleares y las ambiciones territoriales de Rusia y China, un Irán debilitado ocupa el primer lugar.

Así que, al elegir este momento y este vector de ataque, un hombre que llegó a la presidencia con la promesa de poner fin a las intervenciones militares temerarias —y a las guerras destinadas a provocar un cambio de régimen— está asumiendo un enorme riesgo. Hay pocos ejemplos en la historia, si es que hay alguno, de un derrocamiento del gobierno de una gran nación —en este caso, de unos 90 millones de personas— solo con poder aéreo.

Sin embargo, Trump ha dejado claro que ese es su plan. Funcionarios del gobierno han insistido en que no tiene intención de enviar tropas terrestres para terminar la tarea, lo que supone una invitación a las “guerras eternas” contra las que hizo campaña.

El vicepresidente JD Vance, quien es famoso por su escepticismo ante las intervenciones militares estadounidenses y pidió abiertamente que Estados Unidos retirara su apoyo a Ucrania, declaró a The Washington Post días antes del ataque a Irán: “La idea de que vamos a estar en una guerra en Medio Oriente durante años sin un final a la vista, no hay posibilidad de que eso suceda”.

Así pues, la apuesta estratégica de Trump depende casi por completo de la capacidad del pueblo iraní, en gran medida desarmado y desorganizado, para aprovechar el momento y derrocar a un gobierno que millones de personas consideran brutal y odioso. Las protestas que llenaron las calles de las ciudades iraníes, y condujeron a una represión que mató a miles de personas, le dieron su oportunidad.

Pero si Trump y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quien, a partir de diciembre, lo instó a lanzar esta guerra y quien se sumó a ella desde el principio, tienen un plan para lograr ese objetivo, aún no lo han revelado, ni siquiera a sus aliados más cercanos.

Altos funcionarios de tres de esos aliados, que van desde Europa hasta el golfo Pérsico, entrevistados en los últimos días, afirmaron que en sus interacciones con los principales asesores de Trump, percibieron poco entusiasmo por estos ataques, y ninguna justificación legal plausible para atacar a Irán ahora. Esos funcionarios hablaron bajo condición de anonimato para describir conversaciones privadas. Sin embargo, su experiencia explica en parte por qué el Reino Unido, el aliado más cercano de Estados Unidos, le prohibió a este utilizar la isla Diego García y las bases de bombarderos en el Reino Unido para lanzar cazas y bombarderos estadounidenses.

“No es que Irán represente una amenaza para nuestros intereses que no haya representado durante 47 años”, dijo Richard N. Haass, expresidente del Consejo de Relaciones Exteriores y autor del libro de 2009 War of Necessity, War of Choice, un estudio de los dos conflictos con Irak, en 1991 y 2003. El primero, concluyó, se definió por objetivos estrechos y alcanzables: liberar Kuwait tras la invasión de Sadam Husein. Una vez que Irak fue expulsado del territorio kuwaití, George HW Bush decidió no derrocar a Husein.

Pero la decisión de Trump del sábado se parecía más a la decisión de George W Bush de librar al mundo de Husein y de su gobierno, debido a la prolongada amenaza que suponía para la paz internacional.

“Al igual que en la segunda guerra de Irak, no había necesidad de atacar a Irán, había una oportunidad”, dijo Haass. “Se trata de un ataque preventivo clásico, para impedir que Irán adquiera capacidad en el futuro. Lo que falta es el ‘¿por qué ahora?’, porque había otras opciones: acuerdos diplomáticos bajo presión militar, embargos económicos, intercepciones de barcos iraníes”.

En derecho internacional, la diferencia entre una guerra de necesidad y una guerra de elección es enorme. Un ataque preventivo —en el que una nación ve un ataque concentrándose al otro lado del río o del océano y ataca primero— se considera legítimo.

Un ataque preventivo, en el que el poderoso golpea al Estado más débil, se considera ilegal. Un ejemplo sería la decisión de Rusia de invadir Ucrania, que Estados Unidos y gran parte del mundo denunciaron como una grave violación del orden internacional.

La respuesta de Trump es que no necesitaba un acontecimiento precipitante. Repasó más de cuatro décadas de mortíferas acciones iraníes, desde la crisis de los rehenes de 1979, que duró 444 días, hasta los ataques a bases y barcos estadounidenses. “No vamos a tolerarlo más”, dijo Trump en un video grabado que publicó en su cuenta de las redes sociales. E incluso el nombre que el Pentágono dio a la misión, Operación Furia Épica, parecía reflejar la acumulación de agravios.

Es poco probable que las ramificaciones jurídicas internacionales influyan en la opinión de Trump sobre el ataque. “No necesito el derecho internacional”, dijo a cuatro periodistas de The New York Times durante una entrevista en enero. “No busco hacer daño a la gente”. Y añadió que, aunque pensaba que su gobierno debía acatar los principios jurídicos internacionales, dejó claro que él sería el árbitro de cuándo se aplicaban esos principios a Estados Unidos.

“Depende de cuál sea tu definición de derecho internacional”, dijo.

También podría depender de cuál sea la definición de “guerra”. En su declaración, Trump calificó esta acción de guerra, y advirtió al país de que podría tener que afrontar bajas. Pero no hizo ningún esfuerzo por solicitar al Congreso una autorización para utilizar la fuerza militar, y mucho menos una declaración de guerra.

Desde luego, no sería el primer presidente que inicia una acción militar importante sin la aprobación formal del Congreso. Pero en el caso de Trump, ha descartado la idea de que siquiera la necesite.

Cuando los historiadores recuerden este momento, es probable que se hagan dos preguntas: ¿Por qué actuó Trump ahora y por qué Irán era su objetivo?

La primera puede que no sea difícil de responder. Se ve a sí mismo como el único presidente estadounidense desde la revolución iraní de 1979 con el valor y la determinación necesarios para no dejar que el problema se encone. “Durante muchos años, ustedes han pedido la ayuda de Estados Unidos, pero nunca la han recibido”, dijo al pueblo iraní en su video a primera hora del sábado. “Ningún presidente estuvo dispuesto a hacer lo que yo estoy dispuesto a hacer esta noche. Ahora tienen un presidente que les está dando lo que quieren, así que veamos cómo responden”.

Hay que añadir a esto el hecho de que el gobierno iraní intentó asesinar a Trump durante la campaña de 2024, según un acta de acusación emitida durante el gobierno de Biden. Los presidentes tienden a tomarse ese tipo de cosas como algo personal.

La segunda cuestión es más difícil. Las acusaciones que hizo Trump sobre Irán —especialmente sobre sus capacidades nucleares y de misiles— son mucho más fáciles de probar en el caso de otro adversario de larga data, Corea del Norte. Tiene 60 o más armas nucleares, y prueba regularmente misiles diseñados para alcanzar Los Ángeles o Chicago, aunque todavía no se ha demostrado que lleguen tan lejos.

Pero Corea del Norte no es débil: durante 20 años ha poseído las armas nucleares que, según Trump, debe impedir que Irán adquiera. Puede contraatacar si sus dirigentes parecen estar en peligro mortal, algo que ni el ayatolá ni la Guardia Revolucionaria Islámica pueden hacer.

Al final, la aventura de Trump —su séptimo ataque a una nación extranjera desde que llegó al poder— puede ser juzgada por si ignora la regla de Churchill.

Mucho antes de convertirse en primer ministro del Reino Unido en tiempos de guerra, Winston Churchill escribió sobre su juventud, como periodista y participante ocasional en guerras. “Nunca, nunca, nunca creas que alguna guerra resultará fácil y sin sobresaltos, ni que aquel que se embarca en el extraño viaje puede medir las mareas y huracanes que encontrará”, escribió en Mi juventud.

“El estadista que cede a la fiebre bélica debe entender que, una vez dada la señal, ya no es el amo de la política, sino el esclavo de acontecimientos imprevisibles e incontrolables”.

David E. Sanger cubre el gobierno de Donald Trump y una amplia gama de temas relacionados con la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito cuatro libros sobre política exterior y retos de seguridad nacional.

© 2026 The New York Times Company

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