Tegucigalpa, Honduras.- Hay conciertos, y luego hay veladas que se instalan para siempre en la memoria cultural de una ciudad. La parada de Matute en Tegucigalpa el viernes por la noche, presentada con el patrocinio de Banco Atlántida en el Coliseum Nacional de Ingenieros , perteneció sin lugar a dudas a la segunda categoría.
Durante casi tres horas ininterrumpidas, los seis integrantes de este querido grupo mexicano condujeron a miles de hondureños a través de un recorrido inmersivo y electrizante por el paisaje pop de las décadas de 1970, 1980 y 1990.
La noche que hizo cantar a Tegucigalpa
Matute, el sexteto mexicano que ha hecho de honrar la música que definió a una generación su razón de ser, trajo su Disco Stereo Tour a la capital hondureña en un espectáculo hecho posible gracias al apoyo de Banco Atlántida, y la ciudad respondió con un aforo entusiasta y voces dispuestas a resistir hasta el último acorde.
La velada llegó como la segunda noche consecutiva de una travesía centroamericana que ya había incendiado El Salvador la noche anterior. El jueves, el grupo actuó en el Complejo Cuscatlán de San Salvador ante un público entregado; para el viernes, Honduras había tomado su lugar en lo que se perfilaba rápidamente como uno de los fines de semana más comentados de la gira.
Una banda con filosofía, no solo con repertorio
Entender a Matute es entender una apuesta artística muy particular. Fundado en 2007 por Jorge D'Alessio, hijo de la querida cantante mexicana Lupita D'Alessio, el grupo jamás fue una simple banda de versiones en el sentido peyorativo del término.
Su propio nombre lo dice todo. Es un tributo al oficial de la mítica serie de animación Don Gato y su pandilla, un personaje que se instaló en el afecto de los niños latinoamericanos durante exactamente la era que el grupo celebra hoy.
Esa relación cómplice y cariñosa con la cultura popular impregna cada arreglo que interpretan.Los seis integrantes — Jorge D'Alessio, Tana Planter, Nacho Izeta, Pepe Sánchez, Irving Regalado y Paco "El Oso" Morales — no operan como imitadores del pasado, sino como sus traductores más elocuentes.
Sus shows son medleys que abarcan decenas de canciones sin perder el hilo ni la emoción. El Disco Stereo Tour añade a eso un escenario cargado de luz de neón, imágenes del tiempo de los vinilos y un sonido que no renuncia ni al homenaje ni al espectáculo.
El guiño al pasado
El setlist que Matute desplegó en Tegucigalpa dejó claro desde el principio que no había improvisación posible en una máquina tan bien engrasada. Arrancaron con Don't Stop Believin' encadenada con I Wanna Dance with Somebody y el coliseo entró en calor antes de que nadie pudiera resistirse.
Lo que vino después fue un show que avanzó por bloques, sin pausas incómodas ni rellenos. Hombres G, Menudo, Timbiriche, Miguel Mateos, Baltimora. Y cuando el ritmo pedía un respiro, llegaron los boleros: "Hasta que te conocí", "Querida", "El triste".
El público, que venía bailando, de pronto se quedó quieto y cantó. Ese silencio cómplice también es parte del show, y Matute lo sabe manejar. Tana Planter fue determinante en esos momentos. Su voz tiene la rara capacidad de moverse entre la picardía del pop ochentero y la entrega total de una balada sin que el salto suene forzado.
En las transiciones más delicadas de la noche, fue ella quien sostuvo la emoción. La producción acompañó todo esto con criterio. Luces cálidas, casi de otro tiempo, y pantallas llenas de imágenes que los asistentes reconocieron de inmediato. Para quien vivió esa época, ver y escuchar todo aquello al mismo tiempo tuvo algo de golpe bajo, de los buenos.