Purga en barracas
Exclusivo suscriptores
Tegucigalpa, Honduras.- Desde la publicidad, la industria del entretenimiento y hasta las recomendaciones de boca en boca, se ha difundido en la sociedad hondureña la idea de que el placer se encuentra en el consumo de alcohol, el uso de tabaco o marihuana, así como en otras sustancias que generan una sensación inmediata de satisfacción.
Sin embargo, la otra cara de la moneda es el peligro que acecha contra la salud mental. Lo que podría ser visto solo como placer temporal puede convertirse en el inicio del desarrollo de un trastorno mental y otras consecuencias para la salud.
EL HERALDO Plus analizó las cifras de las personas en Honduras que fueron diagnosticadas con trastornos derivados del consumo de drogas, tanto legales como ilegales.
De acuerdo a los datos proporcionados por la Secretaría de Salud mediante la solicitud SOL-SDS-5620, el Hospital Psiquiátrico Mario Mendoza reportó 451 egresos de personas diagnosticadas con trastornos mentales derivadas del uso de sustancias entre 2019 y 2025.
A nivel geográfico, 235 (el 52%) de estos pacientes procedían de Francisco Morazán, departamento donde se encuentra el Mario Mendoza. Este es el único departamento con más de 100 casos.
En segundo lugar se ubica Cortés, con 35 pacientes originarios de este sector, mientras que Olancho ocupa el tercer puesto, con 26 personas procedentes.
También se registró el caso de dos personas extranjeras, y de otras 33 se desconoce su departamento de origen.
Aaron Baruch Rodríguez, subdirector del Mario Mendoza, sostuvo enfatizó que estas cifras representan apenas una pequeña muestra de la problemática que enfrentan muchos ciudadanos.
Asimismo, explicó que ha habido una regularización en los ingresos intrahospitalarios. Señaló que el Hospital Psiquiátrico Santa Rosita también atiende este tipo de casos, mientras que otras personas optan por atención ambulatoria o acuden a centros de rehabilitación, cuyos pacientes no necesariamente requieren hospitalización.
Asimismo, explicó que los 451 casos no corresponden necesariamente a 451 pacientes distintos, ya que algunos reingresan por recaídas, además de que muchas personas no reconocen que tienen un problema con el consumo excesivo de alcohol o narcóticos, y que otras, tras desarrollar una adicción, deambulan en condición de indigencia, lo que amplía considerablemente el subregistro.
A criterio del subdirector, en los últimos años el acceso a drogas ilícitas como la marihuana y la cocaína se ha facilitado, en gran medida, por el narcomenudeo “a la vuelta de la esquina”.
Los más vulnerables a esta exposición son los jóvenes. De los 451 casos que desarrollaron algún trastorno, el 61% (equivalente a 273) corresponde a personas entre los 18 y 29 años. El segundo grupo etario con mayor incidencia es el de 30 a 39 años, con 119 casos.
En menor proporción, también figuran personas en sus 40, 50 y 60 años, así como menores de edad. Cabe resaltar que el estudio “Cero Sustancias, 1000 Oportunidades” elaborado por la academia, secretarías de Estado y Organizaciones No Gubernamentales (ONG), reveló que uno de cada cuatro estudiantes admitió haber consumido algún tipo de droga.
Por otro lado, nueve de cada diez eran hombres, lo que equivale a 408 pacientes, mientras que los restantes 43 correspondían a mujeres.Los expertos consultados consideran que esto responde, en gran medida, a factores socioculturales, como la asociación del consumo de alcohol con actividades recreativas masculinas, por ejemplo, partidos de fútbol, parrilladas u otros espacios de socialización.
Esta tendencia se forma incluso desde la infancia. Especialistas en psiquiatría señalan, por ejemplo, que muchos niños tienen, hasta cierto punto, mayor libertad para andar en la calle o incluso consumir alcohol por primera vez siendo menores de edad, en ocasiones con la permisividad de sus padres.
En el caso de las niñas, suelen estar más “vigiladas”, ya que persiste un mayor rechazo social cuando las mujeres consumen alcohol, tabaco u otras drogas.
El psiquiatra José Luis Cruz atribuyó este patrón, en parte, a un factor biológico: los hombres tienden a ser más impulsivos debido a niveles más altos de testosterona. Además, señaló que la situación se agrava porque muchos cargan en silencio sus problemas emocionales, influenciados por la creencia social de que un hombre no debe “ser débil”.
“El hombre no habla de lo que siente, de lo que está pasando, y siente que tiene que ‘ser fuerte’. Entonces, muchas veces, para poder expresar lo que siente recurre a la sustancia como una vía de regulación”, arguyó.
La décima edición de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud (CIE-10) y el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, Quinta Edición (DSM-5 TR), clasifican del código F10 al F19 los trastornos mentales y del comportamiento asociados al uso de sustancias psicoactivas.
En el Mario Mendoza se clasificaron 322 casos (71%) bajo el código F19, que, según el CIE-10, se asigna a personas con trastornos por el consumo de dos o más estupefacientes, lo que complica determinar cuál sustancia desencadena la afectación.
En menor medida, se registraron 59 casos relacionados con el consumo de cannabis (marihuana), 49 por alcohol y 12 por cocaína.En el listado también figuran tres casos por disolventes volátiles (inhalantes como los vaporizadores), dos por opiáceos e igual número por alucinógenos. Asimismo, se reportó un caso por tabaco y otro por sedantes.
De estas sustancias, el alcohol y el tabaco suelen generar menor rechazo social debido a su legalidad y aceptación cultural, opinó Cruz. El hecho de que sea legal consumir cerveza, whisky, tequila u otras bebidas contribuye a una percepción errónea de que son “más seguras”.
“El alcohol o el tabaco se vuelven casi sinónimo de integración cultural, porque están presentes en fiestas y en la familia. Se va normalizando su consumo, ya que los niños crecen viendo que el alcohol forma parte del entorno”, agregó.
El psiquiatra explicó que la aparición de un trastorno mental no está condicionada exclusivamente a personas con un grado de adicción.Si bien no existe un umbral universal que determine en qué momento una persona puede desarrollar un trastorno, influyen factores genéticos, biológicos, la frecuencia de consumo y las problemáticas que enfrenta cada individuo.
“Va a estar en función de la cantidad que la persona consuma, de la frecuencia, del tipo de sustancia y de la vulnerabilidad individual”, declaró.
A esto se suma la predisposición hereditaria; es decir, hay mayor probabilidad de consumo si en la familia existen antecedentes.
Cruz indicó que el propio consumo se convierte en trastorno cuando hay pérdida de control y el síndrome de abstinencia cobra mayor intensidad.
“No importa si consume una vez al mes o todos los días”, añadió.En consecuencia, la persona tiende a aumentar la dosis, elevando su tolerancia y necesitando mayor cantidad para alcanzar el efecto inicial.
Si el consumo se intensifica, es posible desarrollar otros trastornos, como ansiedad, alteraciones del sueño o cuadros depresivos, entre otros, dependiendo de la sustancia y de las características individuales.
En el caso de drogas como la marihuana, la cocaína o los alucinógenos, la persona puede experimentar episodios de psicosis, entendidos como la percepción de ver o escuchar cosas que no corresponden a la realidad, o creer que la persiguen o hablan de ella.
Además, no se descarta que el uso de estas sustancias desencadene o haga más evidentes otros trastornos mentales preexistentes que no eran fácilmente perceptibles.
En muchos casos, la búsqueda de ayuda ocurre cuando la persona siente que ha perdido el control de su vida, situación que también es percibida por la familia, explicó César Acosta, coordinador del Centro de Rehabilitación del Paciente Adicto (Cerepa).
“Una característica acá en Honduras es que la gente busca ayuda para su pariente cuando está tocando fondo. Algunos han perdido su trabajo, otros están a punto de perder su matrimonio”, amplió.
Desde una perspectiva externa, no siempre se empatiza con la persona con adicción. Ya sea por comentarios de extraños o incluso de familiares, suele catalogarse como alguien problemático o un “caso perdido”, y rara vez como una persona en condición de vulnerabilidad.
“En nuestra cultura solemos estigmatizar mucho a las personas que consumen sustancias. Es importante comprender que la adicción es una enfermedad que provoca alteraciones en el sistema nervioso”, enfatizó Acosta.
En algunos casos, la familia juzga y critica constantemente; en otros, asume una responsabilidad moral de ayudar, aunque esa ayuda no siempre esté bien orientada.
"Todo consumidor o todo adicto lo que no quiere es pensar ni sentir. Busca la sustancia como una vía de escape", analizó el doctor Cruz, quien destacó que el rol del familiar debe ser acompañar sin maltratar, juzgar ni insultar, pero estableciendo límites claros. También puede apoyar incentivando la búsqueda de ayuda profesional.
Aun con toda la disposición familiar, la decisión final de enfrentar la drogadicción o el alcoholismo recae en la persona afectada, quien primero debe reconocer que tiene un problema y estar dispuesta a afrontarlo. Este proceso implica cambios profundos en su estilo de vida y en sus relaciones.
Centro de Rehabilitación del Paciente Adicto (Cerepa)
📧 cerepa@predisan.org
📞 9690-9809, 93503061 y 2799-4630